
Violencia. Un tópico cada vez más cercano en la vida humana en cualquier país que uno señale en el globo terráqueo o en el mapa de la colonia. Digamos que, en términos modernos, este platillo es el Extra de cada día. Un ingrediente que el cine no podía pasar por alto y del que, a lo largo de su historia, como si de una radiografía social se tratase, ha plasmado en infinidad de polémicas cintas que, más allá de la pura violencia, engloban una crítica a la sociedad, ácida, brutal y muchas veces, hiperealistas.
Ante esto, de vez en cuando llega a los cines mundiales (aunque sea a 2 o 3 salas) películas que son forradas de un halo de polémica e impacto que traspasan por mucho el simple acto cinematográfico o la sorpresa de una audiencia. Cintas como “Irreversible”, “Naranja Mecánica”, “Pink Flamingos”, “Holocausto Caníbal” o más reciente, “Hostal”, juegan con la violencia extrema en diferentes decibeles de hemoglobina, pero que al final, siempre tienen que ver con el análisis de la retorcida mente humana.
El caso de estas cintas “violentas”, las cuales yo llamaría muchas veces infantiles a comparación de lo que sucede en el mundo real, es observar si en realidad nos están presentando algo que vale la penas o bien, se trata de una verdadera tomadura de pelo a la “Fronteras” o “Las colinas tienen ojos”. Y es aquí, precisa y desgraciadamente donde el nivel de crudeza visual de cada película es proporcional al de las opiniones suscitadas en las butacas del cine o después de una proyección. Tal es el caso de “Martyrs”, obra francesa impactante de Pascal Laugier.
Una mañana soleada, tranquila, normal, quizás de domingo, una familia, papá, mamá y sus dos hijos, desayunan felizmente y platican sobre sus respectivas jornadas diarias. Probablemente la acción se desarrolle en una campiña gala, cercana a un bosque. Alguien llama a la puerta; se trata de una muchacha joven de aspecto reservado, casi traumático. Lleva una escopeta en la mano y un objetivo en la mente. Hasta lo único que contaré de la trama de esta cinta, sobre todo, para no arruinar el argumento y subtramas generales de esta cinta para que el respetable lector tenga la disposición de ¿disfrutar? la propuesta de Laugier.
Pensar que el uso de la violencia se utiliza como forma de acercarse al retrato alucinante de las máximas respuestas de la vida a través del dolor, no deja de ser eso: alucinante. Rebasando la noción de que esta cinta no dejará inconforme a nadie o de si levantara discusiones ácidas y untará limón a las heridas de los estómagos débiles, sobre todo por la “validez” moral de lo que tratan de relatarnos en pantalla, es de destacar de sobremanera la extraordinaria calidad técnica, visual y actoral de un filme que pudo haber caído en lo convencional, resolviendo sus extrañas propuestas de manera deficiente.
Y es que, de nuevo, no puedo decir de bien a bien de qué va la película. Estamos hablando de un ejercicio que rebasa violencias gráficas conocidas por las masas como la misma “Hostal” o “la venganza de la casa del lago”. Quizás no llega a “Irreversible” o “Dobermann”, pero si se enmarca en la mejor tradición de que la imagen fuerte, bien llevada, bien matizada y bien entintada de rojo, por más siniestra que esta sea, impide que la mayoría de la gente aleje su visión de la pantalla.
Es de destacar el histrionismo de la pareja femenina central, la cual sobrecoge más allá del tomento que pasan en pantalla otorgando a sus personajes un alto grado de veracidad, ahogándolos en una espiral desgarrador que marca un ‘crescendo’ que raya en lo insoportable y extremo a través de dos partes perfectamente definidas, como si de dos películas en una se tratase, y que salta del terror sin concesiones, puro y visceral, a los excesos del horror más macabro y sádico visto en los últimos tiempos. El “Holocausto caníbal” de Deoddatto o el “Necromantik” de Jörg Buttgereit, entre pocos otros, entran quizás en esta categoría alejada de la ‘belleza’ usual del cine.
Nos encontramos frente a una cinta que le hace total honor a su nombre. Un verdadero martirio, en donde lo sorprendente es la facilidad con la que son presentados los acontecimientos; una radiografía gélida de la decadencia moral de la sociedad, de la falta de motivaciones del ser humano y su liga natural hacia el lado animal más instintivo.
Una oda sin sentido, pero si criticismo hacia el salvajismo y a la psique colectiva y un ¿innecesario? y sádico reflejo de la necesidad para generar discusión entre el público proveniente de, para muchos, un cineasta lunático víctima de una sociedad (y cinematografía) lunática por igual.
Curioso es, el momento en que el compendio de ciertas películas llega a tus manos. En el caso de la cinta de Laugier, la adore y vomité en una de las tantas noches que vivo de cinefilia en mi hogar y con la adrenalina al tope. Estremece, claro, y mucho. Hermana cercana de dos cintas más que no he podido digerir como para hablar de ellas en este espacio, quizás más rancias y dementes en diferentes términos. Me refiere a “Haute Tension” de Alexandre Ajá y la ¿estúpida, sublime, asquerosa, demente? “Antichrist” de Lars Von Trier, ese desenfrenado sicótico artístico que se hace llamar cineasta.
Cine trasgresor, reaccionario, reactivo, desenfrenado, visceral, macabro, inteligente. Cine el cual nutre las pasiones artísticas de un cinéfilo amante de, valga la redundancia, el buen cine; no deja indiferente a nadie y lo mejor, no es sólo un armazón hueco e innecesario de efectos especiales y lugares comunes, guste o no a la masa. Y aunque ese un poco, no existe por culpa del momento que vive actualmente la sociedad mundial, en done la realidad rebasa a la ficción.
Un cine que, controvertidamente, crea una extraña ambigüedad: nadie debería recomendarlo a nadie, pero todos deberían verlo. En sus manos queda la decisión, pequeños ‘mártires’.






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