
Para aquellos que luego se pierden en la terminología y palabras variopintas de uso cinéfilo, una de las más extrañas o curiosas resulta ser la del ‘sleeper’, una cinta la cual, sin mucha promoción ni pirotecnia, llega a los cines como una ‘durmiente’. Algo aparentemente sin poder para combatir a los grandes estrenos; una cinta sencilla, muy independiente y sin el potencial para ser taquillera. Aparentemente.
Estas durmientes son peligrosas para los estudios que menosprecian al arte independiente, de bajo presupuesto, ya que, de vez en vez, estas despuntan como éxitos de taquilla y audiencia, viviendo del poderoso ‘boca a boca’ y manteniéndose en el colectivo social como buenas, arriesgadas y excelentes propuestas dentro de los clichés de los géneros y la mano dominante de las grandes productoras.
Para darse una idea, un ‘sleeper’ es ‘Little Miss Sunshine’, The Full Monty’, ‘Supercool’, e incluso, ‘Crepúsculo’, ya que hay que recordar (sobre todo a las calenturientas ‘locacrepusculeras’ chamacas que habitan este planeta) que la primera parte de esta saga vampiresa-novelera nunca se creyó que tuviera éxito y ni tuvo el respaldo de una maquinaria como Fox o Universal detrás de ella. Si vieran a futuro, disfrutarían de la gallina de los huevos de oro que la Summit Entertainment tiene actualmente en sus manos.
Pero esto no vade ‘Crepúsculo’. Guácala. No, esto va del mejor ‘sleeper’ en varios años: ‘500 días con ella’, de Marc Webb y que se engalana con una pareja de antología como lo son la de Tom Hansen (Joseph Gordon-Levitt) y Summer Finn (Zooey Deschanel). Una comedia romántica que de romántico tiene muy, muy poco; es divertida, de bajo perfil, humana y sobre todo, reflexiva. Ingredientes poco incluidos en las comedias románticas regulares, que, dicho sea de paso, es uno de mis tres géneros favoritos en cine. Dios, como se divierte uno.
Pero bueno, regresando a la historia ‘500 días…’; Tom, de Nueva Jersey ha crecido toda su vida pensando que jamás será feliz hasta el momento en que encuentre a su otra mitad. Esto, debido a la sobreexposición a la música pop británica y a una rara obsesión con la película ‘The Graduate’. Summer, de Michigan, es todo lo contrario a Tom. Desde que sus papás se separaron, ella es fría e independiente, con poca experiencia en eso de los sentimientos. Tom conoce a Summer un 8 de enero. Esto, como se explica en los primeros minutos, es una historia de ‘chico-conoce-chica’, pero NO es una película sobre amor.
Con esta premisa, la cinta no podría antojarse más rica en emociones e innovaciones como lo que realmente sucede en todo su metraje. La edición es fresca y audaz, así como el sólido guión, lo que provoca que la narrativa de la cinta pase como ventisca por los ojos del espectador y este quiera revivir las imágenes cuanto antes. En pocas palabras, uno se divierte y añora la cinta desde los primeros minutos. O por lo menos, aquellos que nos identificamos con el idealismo de cuento de hadas de Tom o con la realidad rompedora de Summer.
Uno de los tesoros enormes de esta película, sin lugar a dudas, es su pegajoso soundtrack, carente de la melosidad acostumbrada y cargado de regiones indies de la música contemporánea que abren paso a la perfecta compañía para la agridulce historia de amor de Tom y Summer.
Desde el balbuceo del coro de una rola de The Smiths, de parte de Summer a Tom en un elevador (‘To die by your side, it´s such a heavenly way to die), es evidente que la película privilegia a la música y la convierte en un personaje más, sobre todo, digamos, en un 90 por ciento de las escenas más representativas del filme.
La constante musicalización de sentimientos e imágenes juega un papel como de sazonador y en otros momentos, eleva lo que los personajes intentan decir o emanar con sus acciones, creando así una empatía y conexión mayor entre estos y la audiencia, quien, sin quererlo, mueve el piececito en la butaca con las rolas que salen de fondo en la pantalla.
Por ello, esa estrofa de la rola ‘There´s a Light that never goes’ de The Smiths, no es casual que sea la que explote el amor entre la pareja protagonista. Al contrario, refuerza esa idea de no-amor que se nos indica desde un inicio. Este es un punto fuerte en la peli; el soundtrack camina por los derroteros del amor como si de una relación viva se tratase. Como nos pasa a todos.
Así, y filmada de una forma no lineal, la cinta arranca con los ánimos al cien y la certeza del super amor, los primeros días, los primeros momentos, y las canciones aumentan este sentido, con miel en las primeras notas y, a medida que avanza, presenta canciones más tristes, como cuando el amor se acaba; asimismo, se incluyen la que revitalizan ese dolor y hacen que uno mire hacia el frente.
El compilado realizado por Webb, el director, es genial y digno, de verdad, de escuchar; Feist, Regina Spektor, Belle and Sebastian, The Pixies, Hall and Oates, Simon and Garfunkel y la misma Zooey Deschanel. Sublime (no me canso de oírlo en el estereo de mi auto).
Al final, todos estos atributos se reúnen en un tándem delicado y delicioso por igual, al presentar lo acertado de la realidad al espectador. Es como si uno viera ‘Memento’ mezclada con ‘When Harry met Sally’. La historia funciona perfectamente por que funciona como la memoria misma. Cada vez que recordamos a alguien, no lo hacemos en orden cronológico; siempre brincamos de hechos buenos a malos, sin ver calendarios. Eso hace ‘500 days of Summer’ y eso es lo que hace la vida. Y sí, es cierto, esto no es una historia de amor. No, es una historia sobre EL amor.






No hay comentarios:
Publicar un comentario