lunes, 5 de octubre de 2009

UNA DUDA RAZONABLE


Cada semana, cada mes, cada año, llegan a nuestras carteleras de cine películas que retratan al ser humano en todos sus aspectos, ficticios y reales, tangibles e intangibles, fantásticos y sobrios, con la finalidad de acercarse al por qué de las cosas, entreteniendo en el camino a quienes ven su fondo y forma en una sala oscura por un mínimo de hora y media.


Guerra, ignorancia, esperanza, fe, pesadillas, amor, sueños, deseos, avaricia, política y un largísimo etcétera, son los puntos de partida, los fondos argumentales que cineastas y genios fílmicos toman prestados de la vida diaria para presentar historias y situaciones que hagan reflexionar a las grandes masas (la minoría de las veces, gracias a la invasión de blockbusters, remakes y secuelas hoy en día).


Pero quizás uno de los sentimientos o pensamientos menos explorados en el cine mundial, es precisamente uno que, hoy más que nunca, abraca desde la política hasta la religión, de la delincuencia hasta el calentamiento global, desde el pasado hasta nuestro futuro. Me refiero, efectivamente, a la duda.



La duda constituye un estado de incertidumbre y un límite a la confianza o la creencia en la verdad de un conocimiento. Su contrapuesto es la certeza, una palabra la cual, hablando específicamente del séptimo arte, cada vez causa más discrepancia entre todos los sectores. No existe certeza de éxito, de crítica o de taquilla, sólo la duda de qué verá y enamorará el cada vez más extraño gusto del público.

La duda o las dudas que se plantea la humanidad pueden proyectarse en los campos de la decisión y la acción, o afectar únicamente a la creencia, a la fe o a la validez de un conocimiento. Si le antecede una "verdad" convencionalmente aceptada, la duda implica inseguridad en la validez de ésta.

Precisamente con esto último, es en donde el cine (y primero el teatro), encontró un eje rector para una historia que mezcla la intriga, la falta de certeza, la fe y los valores, en contraparte con la duda. “Doubt”, de John Patrick Shanley, basada en su libreto teatral homónimo, es transportada al cine con la envoltura poco convencional y envidiable de dos monstruos de la actuación como lo son Meryl Streep y Philip Seymour Hoffman.

Lo característico de la duda es la suspensión de la decisión en orden a la acción o de la afirmación de una proposición respecto a un conocimiento respecto a su validez como verdadero. Cuando la duda se acepta como ignorancia puede ser fuente de conocimiento por el estudio y la crítica.[

La duda (Doubt) no es, a la manera de tantas otras películas recientes del género, del tipo “Padre Nuestro”, “The Magdalen Sister” o “El Crimen del Padre Amaro” una denuncia sobre la intolerancia proverbial de la Iglesia católica, ni tampoco sobre los incontables casos de pederastía cometidos por clérigos encubiertos por una alta jerarquía eclesiástica.


Es algo mucho más complejo y, por ende, más interesante, que desarrolla su tiempo y espacio a mediados de los años 60, en la parroquia de San Nicolás, en el Bronx neoyorkino, justo en el momento de la más intensa discusión generada entre los feligreses por las posturas progresistas del segundo Concilio Ecuménico Vaticano y la rebelión racista en el corazón de las calles norteamericanas.



El personaje de Streep, Aloysius Beaouvier, la directora de una escuela católica, una monja sumamente rígida con aire de nazi por su disciplina, y temida por todos sus alumnos, encara a un sacerdote (su jefe, un clérigo interpretado por Seymour Hoffman) bajo la sospecha de que éste se ha involucrado de manera “inapropiada” con un estudiante de color, el primer estudiante de color que acepta la institución educativa católica, para ser más precisos. Esto, a partir de una denuncia inocente por parte de una joven monja (Amy Adams), que, sin saberlo, despierta la ira en la directora y un remolino de cuestionamientos en torno a los dos personajes principales.


Las consecuencias son devastadoras en el sentido moral, no sólo por el simple hecho de pensar que el padre tuvo algo que ver con el pequeño, lo cual ya es algo escalofriante, sino por el impacto que la situación tiene en la hermana James (Adams), quien simpatiza con algunas ideas “modernistas” del padre Flynn, pero padece de la rigidez moral de Aloysius; en la familia del niño afectado cuya historia es un poco sórdida, y en la misma hermana Aloysius, cuyo enfrentamiento con un superior y con los cánones eclesiásticos de la época podría ser algo que trasciende sus propias fuerzas.


¿Interesante? Mucho más de lo que su sinopsis lo parece. Estamos ante una cinta que se mantiene por el poder de sus actores principales y el desarrollo de un guión sencillo pero incisivo y que mantiene al cinéfilo promedio clavado en su butaca, aunque sí requiere de la confianza del mismo para no desesperar y aceptar su narrativa teatral (a fin de cuentas, primero fue la puesta en escena). Quizás en este apartado recae el mayor punto en contra de la cinta, mínimo, pero importante: tarda un poco en entrar en material, en acción, en clímax, pero esto no hace que su narrativa pierda su esencia artística, lo que hace es que quizás pierda parte de la emoción y del impacto final.



En lo demás, una obra interesante y reflexiva, polémica incluso, que formará discrepancias en las platicas post-cine y el cafecito de la tarde.


Las actuaciones de Streep y Hoffman se levantan como la gema de la cinta, un verdadero duelo de actuación de esos que pocas veces se ven en el cine y que, sin lugar a dudas, pasan a la historia por su intensidad “in crescendo” y con miles de matices, diálogos encontrados que permiten que el espectador se retuerza en su asiento y se plantee seriamente su criterio ante lo que se propone en pantalla. Que lo invada la duda. Una duda moral que, razonable o no, choca con la única certeza de la película: no se la pueden perder.


Trailer:

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