
A casi dos semanas de haber ido por última vez al cine, es increíble que la emoción en mi mente siga al tope tratando de revivir dos o tres veces más la experiencia extrasensorial que viví en la sala oscura, al lado de mi hermano y mi cuñada, con una de las cintas más logradas de este desastroso año peliculero. Un engendro del género de terror, divertida hasta decir basta y un tour de force que hizo que recordara los viejos años en donde una cinta te hacía sentir emocionado y con ganas de que todo el mundo la viera y sintiera un poquito de lo que tu sentiste durante dos horas de metraje.
Y es que, ¿acaso no es de aplaudirse, alabarse y recomendarse una cinta que, a escasos 2 minutos de iniciar haga saltar de su asiento a toda una sala repleta de gente, aderezando con gritos y miradas de vergüenza ante tal situación? Sobre todo en una era en donde ya el machete no da miedo y todo es una parafernalia de clichés y baches propios del género de terror.
Como pocas veces lo he hecho en este espacio, por más que me esfuerzo, es difícil encontrar algo de malo en esta cinta. Por si no la ubican o no la han visto aún, me refiero a esa joya automática del séptimo arte llamada “Drag me to hell” o para ser más mexicanos, “Arrástrame al infierno”.
La historia, peculiar como insólita, divertida como terrorífica, más o menos va así: Christine Brown es una ambiciosa joven que trabaja en un banco de Los Ángeles, con el novio perfecto que cualquier mujer desearía, Clay, y tiene una vida plena y tranquila.
Todo avanza de forma convencional para la encantadora Christine hasta la llegada de la misteriosa Sra. Angus, una viejecilla decrepita y repugnante que la visita en el banco para solicitarle un retraso de mensualidades en los pagos de su hipoteca. La disyuntiva en la mente de Christine es sencilla: ¿sigues su corazón e instinto y ayuda a la anciana? ¿O quizás es mejor negarse, quedar bien con su jefe y conseguir el ascenso anhelado en el banco? La decisión resulta ser la segunda.
Elección equivocada, sin duda, ya que Christine tendrá que vérselas con la maldición de la Lamia, un demonio chocarrero que es invocado por la Sra. Angus ante tal humillación, y que, durante tres días hará los preparativos necesarios para llevar literalmente al infierno a la infortunada chica. Quizás suena exagerado el argumento, pero el maestro Sam Raimi hace que el espectador se introduzca en la trama con tal velocidad que se vuelve un cómplice de Christine y hará lo imposible (con gritos, sustos y algunas risas) para desear que todo acabe en final feliz.
Había pasado muchísimo tiempo desde que Raimi no se metía de lleno en el género que lo engendró, específicamente, con la trilogía de culto de “Evil Dead” (El despertar del diablo), al cual marcó una generación y creo el sello de “maestro” y “genio” que seguirían a Raimi hasta el día de hoy.
Ya fuera recreando una mezcla de cine negro y comiquero (Darkman); un thriller psicológico a la “Fargo” (El Plan); un filme de suspenso dramático (Testigo); o la reinvención del cine de superhéroes con su elogiada trilogía de Spiderman, el “curioso” Sam ha gozado de una legión de fans que cada día pedía a gritos su regreso al género o mezcla de géneros que lo hiciera famoso en los ochentas.
Y digo mezcla de géneros por lo que mejor sabe hace el director: fusionar el terror más puro con la comedia más negra que muchas veces raya en slapstick (comedia de pastelazos) en una vaivén de emociones que recrean la pupila y emocionan a la mente, poniéndola a trabajar durante dos horas, al termino de las cuales uno no hace otra cosa más que pedir a gritos que rebobinen la película. Quizás suene exagerado, pero aquellos que conozcan el trabajo de Raimi y amen un poco más al cine, sabrán a lo que me refiero.
Así las cosas, “Drag me to Hell” es una “petit morte” en donde los efectos de sonido, la música, las actuaciones, la historia, el humos y el suspenso se juntan de tal forma que el producto final resulta fresco y próximo a convertirse en un clásico más del cine, sobre todo, en una época en donde los efectos especiales, los físicos de extrema belleza y las redundantes secuencias hollywoodescas inundan las pantallas. Ok, lo admito, no será cine de arte, pero sí que es una experiencia innovadora y que seguramente quien la observe, se llevará una grata sorpresa y agradecerá que esos sesenta pesos del boleto hayan sido bien invertidos.
Recomendación para aquellos conocedores de la filmografía de Raimi: si bien hay pocas escenas gore en la cinta (marca característica del director), sí encontrarán una lista grande de asquerosidades, escenas grotescas y un perfecto compendio de situaciones humorísticas negras, muy muy negras.
Para los que sólo irán a ver la peli sin más: la mezcla de sustos bien orquestados que hacen brincar mínimo tres o cuatro veces al espectador, se balancean con las muestras de humor involuntario que bien podría sacar de onda al respetable. No se preocupen, es normal, sólo disfruten y déjense llevar. Al final lo agradecerán.
¿El veredicto? Un clásico instantáneo, con unos efectos de sonido de ensueño y que se vuelven un personaje más en la película; la siempre grata presencia de Justin Long (falta poco para que sea una estrella de peso) y de una excéntrica Adriana Barraza; una historia muy digerible y que cumple con la finalidad de entretener como muy pocas lo han hecho en mínimo 8 años.
Si bien no es “LA” película de terror, sí es una grata sorpresa que regresará a muchos el amor al séptimo arte y de paso, creará un boca en boca que en unos años, hará de la cinta de Raimi un objeto obligado para los cinéfilos o el videoclub de medianoche. Y sí, la emoción en mi continúa….
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