miércoles, 7 de octubre de 2009

PRETENSIÓN ACELERADA Y ABURRIDA


Hueva. Esta es la sensación que provoca el cine mexicano que visita nuestras marquesinas en la actualidad. Hueva, pretensión, vacío, tristeza y un “what the f**k?” que nos remite a preguntarnos a dónde se fueron las grandes ideas, las historias interesantes y el pedestal con el que contaban nuestras películas en el panorama del arte mundial, que, dicho sea de paso, también era demasiado pretencioso. Lo curioso, es que no nada más lo dice su humilde crítico y amante del séptimo arte, sino un gran número de espectadores que, confiados, entran a visionar un producto mexicano y salen con la cabeza revuelta de mentadas de madre y el dolor de haber gastado –de nuevo- sesenta pesos de su capital.

Con excepción y mención especial del experimento artístico de Jonás Cuarón y su “Año Uña” (exhibida gracias a Dios en el Cine Morelos), todos los productos o subproductos del cine “made in Mexico” que han tocado una sala de cine en lo que va del año y poco más, sólo acrecentan la desconfianza del espectador ante esta “industria” (sic) para encerrar en el olvido la confianza que se había impuesto entre los supuestos Del Toros, Iñarrítus y Cuarones modernos.

Aunque si vemos de lejos y con lupa estas “cintas”, la culpa ni siquiera es de los directores o productores, al contrario, se aplaude que estos logren finalizar la enorme faena de filmar una película. La culpa irremediable la tenemos nosotros mismos al aceptar y no exigir mejor productos.

Nosotros, los espectadores, somos los que año con año aceptamos las jaladas que nos presenta el moderno cine mexicano: “Kada Kien Su Karma”, “Rudo y Cursi”, “Recién Cazado”, “All Inclusive”, “Enemigos íntimos”, “Como no te voy a querer”, “Amar a morir”, “El viaje de Theo”, “Cosas insignificantes” y un enorme etcétera, aglutinan de desdicha y mucha hueva las funciones del día a día. Y que quede claro que no soy negativo, al contrario, si lo fuera, no seguiría pagando por ver estas películas.

El ejercicio es simple y sencillo para el lector y espectador: ¿qué cinta mexicana, la más reciente, cumple con los cánones escuetos de ser una buena película? Redonda, con una historia ya no buena, sino aceptable; buenas actuaciones, buena dirección y sobre todo, un guión mediano que mínimo saque a flote hora y media de metraje. Se aceptan propuestas.

Y no me refiero a cintas exhibidas en festivales y destinadas al boca en boca, sino a películas que se estrenan a nivel comercial y a las cuales todos tenemos acceso. Una Bárbara Mori rapada, un Demián Bichir con cáncer, una familia disfuncional o la porra de los Pumas ¿cuentan con estas nimiedades que cualquier película aceptable debería tener? ¿O acaso es mucho pedir?

Lo más doloroso es que, incluso algunas cintas que pocos ven y muchos hablan, como las últimas obras de Reygadas, Elisa Miller o Amat Escalante, caen también en ese pretensionismo de que “como lo filmo, `propongo´y puedo, ya es arte”, uno sigue consumiendo boletos de cine con la única idea que deja la esperanza: el tan mentado "sí se puede".

Sino, como muchos actores lo podrían decir, por qué la Academia de Cine Mexicano acostumbra nominar en sus ternas a cintas de las que nadie ha oído hablar, unos cuantos las han visto y que ni siquiera tienen alguna fecha de distribución. Este es el cine marginado que quisiera ver el público. Ese que sólo ve el cinéfilo asiduo a festivales y no el espectador promedio que se chuta la última mam… de Sariñana o el “one hit wonder” grupero del Gael. Repito: el cine mexicano no es malo, lo cañón está en el que se estrena a nivel nacional.

Pongamos como ejemplo la reciente “Enemigos íntimos” del sobrevalorado Sariñana, que, hoy en día, pareciera que lo único bueno que tiene es a su talentosa hija. Atrás quedaron los tiempos de “Todo el poder” o “Hasta morir”, incluso de “Ciudades Oscuras”. Su nueva película es tan dispareja como su reparto: por un lado, están unos cumplidores Demián Bichir, Dolores Heredia y Roberto Sosa (estos dos, lo mejor y único bueno del filme); en el otra extremo, está la incomprensible inclusión, no sólo en la cinta sino en el cine nacional, de un José María de Tavira vacío, y un Sebastián Sariñana que muestra lo más pobre en la cuestión actoral; y finalmente, una Ximena que en sus momentos más dramáticos cae en los mismos clichés, balbuceos y gritos que en otras ocasiones. Con eso de “otras ocasiones”, me refiero a las otras películas de papi. Entiéndanlo, lo de Ximena es la cantada, no hay más.

El filme es el resultado de la suma de pretensiones de los involucrados en la producción. Un guión soporífero en el que la reflexión se encuentra en una moraleja simplona; una cámara en mano inquieta, en movimiento, con juegos estúpidos de obturación que no aportan nada al filme; y sobre todo la de Sariñana, el Director, que pareciera que cada vez orquesta más a su familia para beneplácito personal que para proponer algo de valor al producto final.

Este tándem familiar, en donde esposa, sobrino, hijos, amigos y demás convergen, no sería víctima de crítica si tan siquiera el trabajo presentado tuviera un mínimo de calidad. Pero no la hay, así como tampoco hay más cosas que decir al respecto.

Y es cierto, Fernando Sariñana seguirá haciendo películas y seguirá siendo pretencioso, al igual que el cine mexicano. La carta de diferencia la tenemos los espectadores, por que, si no vamos en contra, sí estamos poniendo resistencia (aunque sea mínima) al fenómeno mundial de la vulgarización de la cultura cinematográfica nacional identificado por Vargas Llosa en su escrito de “La Civilización del espectáculo”.

Aunque, la verdad sea dicha, es sumamente difícil cambiar esa concepción otorgada de “buen cine” a cualquier subproducto con Jaime Camil o Adal Ramones. Y más difícil es ver por debajo de toda la basura que nos inunda en las marquesinas, así como extremo es entender porqué Cannes, Berlín, Venecia y otros festivales de renombre mundial se la pasan jalándole el orgullo (por no decir otra cosa) a Reygadas y Escalante.

Sin embargo, y con la Esperanza (sí, de nuevo con mayúsculas) aseguro a todos los cinéfilos, lectores, espectadores y mexicanos en general, que si nos aventuramos y sobrepasamos dichas tribulaciones y concepciones, encontraremos evidencia tangible de que el cine mexicano está cerca de la muerte, efectivamente, pero tiene la fuerza necesaria de reinventarse (de nuevo) y quitarle de una vez por todas el mote de “jaladas” y ser lo que alguna vez fue: una industria, sin comillas y un ejemplo perfecto de arte. Si le apetece, querido lector, deje su recomendación de alguna cinta o rechifla sonora a mi correo. Si no, pues no. (sic).

Gael cantando 'Quiero que me quieras':



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