
Bendita sea la nostalgia fílmica. Definitivamente, esta es una de las herramientas más “novedosas” y “actuales” que el cine made in Hollywood tiene para no perder la chispa de antaño y todavía ofrecer algo de valía en el mercado taquillero. Como en muchas ocasiones anteriores, defiendo este tipo de cine, el palomero, ya que, aunque carente de profundidad, textos rebuscados, diálogos inteligentes y mucha sustancia, entretiene de sobremanera y libera las tensiones físicas mediante la música, los efectos, las actuaciones, la adrenalina y, ahora, la extrema nostalgia de la memoria cinéfila.
La pasada reflexión se reafirmó en mi mente con el visionado reciente que realice junto a un buen amigo del regreso al cine de la saga de Terminator. Tal y como sucediera con Rocky Balboa, Rambo, Indiana Jones y los personajes de Star Trek, la meca del séptimo arte hace uso de otra gama de personajes emblemáticos, los adereza con easter eggs (sorpresas para los fanáticos), retoma una historia celosamente conocida y la lleva más allá, en este caso, al futuro apocalíptico del que tanto nos habló en el pasado James Cameron, Sarah Connor y compañía.
Unos créditos iniciales sosos, el antecedente de un trailer (corto de cine) estúpidamente revelador y montones de críticas revisadas que vapuleaban el producto en cuestión, fueron las concepciones duras y mal empleadas con la que entramos a la sala, sin saber qué esperar. En ese momento, el sencillo score de Brad Fiedel en manos de Danny Elfman retumbó en la sala con el título de la cinta: "tu tu tun tu tun". “Terminator Salvation” arrancaba con algunas dudas de por medio peor la tranquilidad que mínimo, la música original se mantenía en la película.
Después del inminente Día del Juicio y de que Skynet iniciara la rebelión en contra de los humanos, el mundos e encuentra inmerso en un 2018 representado por el caos, la falta de alimentos y el miedo hacia las máquinas, las cuales cazan a sus enemigos cual animales para realizar experimentos con ellos y de paso, usarlos de combustible para sus oxidadas y majestuosas maquinarias.
En medio de todo esto, un profeta “salvador” se encuentra cumpliendo la ardua tarea que su madre ( y el destino) le encomendó: salvar a la humanidad de la guerra en contra de Skynet. Su nombre es por todos conocido: John Connor. Hijo de Sarah Connor, fugitivo, mártir y guerrero frío que ve cómo las proyecciones de su madre se hacen realidad ante el tono sepia que enmarcan los caminos rocosos de ciudades ahora destruidas.
De forma paralela, un asesino arrepentido por su pasado decide ponerle fin a sus fantasmas y dona su cuerpo para la ciencia. La empresa compradora se llama Skynet. Tiempo después de un letargo extraño, Marcus recupera su andar sólo para descubrir el mundo en donde ahora tiene que vivir, esconderse y más importante aún, descubrir qué rayos le ha sucedido. El encuentro entre estos dos personajes delimitará el futuro de la humanidad y claro está, del futuro de la franquicia robótica, que dicho sea de paso, ya maquina su quinta y sexta parte.
Básicamente, esta es la historia de “Terminator Salvation”. Y digo básica, por que en su contexto, la conexión con las otras cintas traen consigo subtramas y datos únicos que vuelven más confusa la escueta sinopsis redactada: personajes clave en la historia general como Kyle Reese, el futuro padre de Connor; paradojas que confundirían una charla normal al extremo del dolor de cabeza (viajes al futuro inconexos); la “inteligencia” de las máquinas; y el estúpido control de los humanos al creer que las máquinas no pueden intuir y destruirlos con sus propias artimañas. La frase constante durante el viaje de dos horas y media en la cinta de McG es sencilla: “Ok, se las compró”. Y de qué forma.
El criticado director entreteje estos temas, su estilizada forma de filmar, unos efectos especiales oxidados e impactantes, tonalidades sepias, actuaciones a medio pelo pero correctas y aún se da el lujo de insertar en el guión momentos que evoquen a la franquicia ochenta-noventera para satisfacer la preciada nostalgia de la fanaticada. “Ok, se als compró”.
Al final y conforme avanza la cinta, la emoción aumenta, cada escena se siente bien planeada, alejándose evidentemente del azul metálico al que nos tenía acostumbrado James Cameron en las primeras dos cintas y separándose por mucho de la decepción enorme que fue la tercera parte de la saga, con tonos grisáceos al estilo “Soy Leyenda” y el cometido cumplido de entretener a la audiencia.
Las virtudes (lo sé, quizás me ganó la nostalgia) crecen con la actuación de los dos personajes principales (Connor y Marcus), interpretados por un correcto Christian Bale y un Sam Worthington revelador, siendo este el verdadero protagonista de la cinta, algo que si bien se aplaude se siente fuera de lugar al ser Connor el necesario personaje principal de la trama.
Mientras Bale se dedica a evocar con las audiencia las pasadas cintas con guiños maravillosos –ATENCIÓN SPOILERS- como la inclusión de “You Could be mine” de Guns ´n Roses (que sale en la segunda cinta); la voz en off de la Sarah Connor original, Linda Hamilton; diálogos icónicos como un “I´ll be back” de ensueño; y obviamente, el climático encuentro con el T-800 de las cintas anteriores, un Arnold Schwarzennegger digitalizado pero que literalmente sale de la pantalla y conquista al público con su mirada fría y de fondo y a todo volumen el “tu tu tun tu tun” tan mencionado. FIN SPOILERS
Es gracioso recordar la emoción conjunta de mi cuate y mía al casi gritar de emoción ante estas sorpresas en la trama, en donde un “Ok, se las compro” se convirtió al final en una buena cinta que entretiene y que recuerda los buenos tiempos del cine palomero. Para aquellos detractores, cosas negativas de pasada: personajes secundarios inútiles, desperdiciados y sin chiste (la esposa embarazada, el teniente de color, Bonham Carter), incongruencias respecto a las demás películas y la pirotecnia que por momentos recuerda a “Los ángeles de Charly” y “Transformers”.
Detalles sin importancia ante la persecución del T-800 a Connor en una fábrica, el origen de su cicatriz en la cara o el respiro de una audiencia complacida con el resultado visto en pantalla. En definitiva de lo mejor del verano, le pese a quien le pese.
Trailer:




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