
Una muy buena forma de ver que el tiempo es el mayor enemigo y amigo del ser humano más que los calendarios, las arrugas y los cumpleaños, es el observar que cierta película que nos marcó en su momento, cumple décadas de estreno más rápido que ninguna otra cosa. Los amantes de los 80 me entenderán perfectamente al recordar lo que sintieron cuando se editó la versión especial de “Volver al Futuro” del 20 aniversario, vieron en la tele una añeja copia de “Los Goonies” o los ven extraños cuando disfrutan de las locuras de los “Gremlins”. ¿Extraño? No tanto.
Un cinéfilo de hueso colorado, siempre contará sus años a la par del estreno de ciertas películas. Por ejemplo, “Forrest Gump” y “Pulp Fiction” ya son clásicos quinceañeros que aún sorprenden. “Las Tortugas Ninja” pronto cumplirán 25 años de ser creadas y “Titanic” prepara su regreso a cines para su cumpleaños número 15.
Pero quizás la cinta más fresca de todas, la cual todavía sorprende por su visionado y sus efectos y se siente como si hubiera sido estrenada el verano pasado, es una que cumple sus primeros 10 años de existencia en la memoria colectiva pop y en la historia de la cinematografía mundial: “The Matrix”.

Si una palabra define a la perfección esta película, sin lugar a dudas, es “culto”. Para todos aquellos que se han preguntados alguna vez qué demonios son las cintas u obras de arte de culto, este es el mayor ejemplo. Una cinta perfecta por donde se le vea (ok, ok, con algunos problemillas de continuidad), “Matrix” dio la bienvenida al nuevo milenio y descubrió una nueva forma de hacer cine, que, desgraciadamente, pocos siguieron y muchos ignoraron.
Todavía recuerdo la primera vez que la vi –sin caer en los clichés- una tarde lluviosa, a dos días de su estreno, en los fallecidos Cinemas Lumiere de avenida San Diego. Sólo. Dos horas después de iniciada la cinta, recuerdo que caminé hasta casa de una tía, alrededor de 40 minutos con la mirada vacía. Pensando. A 10 años, ninguna otra cinta me ha dejado igual de perplejo (por no decir otra palabra). Tuve que ir al cine dos veces más para poder comprender un poco lo que mis ojos habían visto.
No sabía si eran los efectos especiales, el slow motion, el bullet time o las escenas de acción; no sabía si la música era la que retumbaba en mi cabeza, o los diálogos zumbantes de Morfeo; el dolor de estómago me decía que era su trepidante forma de filmar y el dolor de cabeza me direccionaba a lo rebuscado de su trama. Si bien estas preguntas tardaron en responderse, algo estaba claro como una pastilla azul: era la mejor cinta que había visto en muchos años y así sería durante otros tantos más. Apoteósica.

Ganadora de cuatro premios de la Academia (malditos oscares), recaudó más de 460 millones de dólares a nivel mundial y abrió el camino al cine del siglo XXI. La simbiosis entre Blockbuster, espectáculo audiovisual, narrativa vanguardista y filosofía existencialista, hizo de Matrix todo un fenómeno de ciencia ficción y traspaso las barreras culturales de lo que conocemos como moda para incrustarse en el ojo fílmico como ninguna cinta la había logrado antes, desde claro esta, “Star Wars”.
Desde la cibernética imagen del comienzo de la cinta, en donde una pantalla negra se tiñe de letras y números aparentemente sin sentido alguno, en un código que serviría como fondo de pantalla para millones de geeks y fans a nivel global; hasta su trepidante, romántico y apoteósico final, The Matrix sería el ejemplo a seguir para los cineastas del siglo que estaba por llegar.
Es difícil creer que hoy en día, alguien no haya visto esta cinta, la cual relata la experiencia de un empleado de sistemas, Thomas Anderson, mejor conocido como Neo, al descubrir gracias a Morfeo (“el sujeto más peligroso del mundo”) que el mundo en donde vivimos es un mera ilusión generada por computadora, puesta o diseñada ante nuestros ojos para ocultar la verdad. Una “verdad” apocalíptica en la que los humanos son esclavos de las máquinas, inteligencias artificiales creadas por la inteligencia del hombre, y que se rebelaron en algún momento de la historia.

Es imposible no sentir algo en la piel al escuchar en voz de un gélido Morfeo (Laurence Fishburne) que “existen campos interminables en donde los humanos no nacemos. Se nos cultiva”. Campos en donde los seres humanos sirven como energía vital de las máquinas, inmersos en una realidad virtual que los distrae de la realidad (una actualización del mito de la caverna de Platón).
¿Muy difícil? Añadan símbolos cristianos – Neo es un anagrama de “One”, el único, el elegido-, referencias a Descartes, el Apocalipsis, escritores como K. Dick e infinidad de animes y mangas, es obvio que las masas se sintieran como Anderson en la cinta: “como Alicia, cayendo por la madriguera del conejo”.
Matrix todavía era muchísimo más que esto. Fusionaba muchos guiños que nada tenían que ver con el plan original de la fábrica del espectáculo hollywoodense o con la forma tradicional de hacer cine comercial. El no va más de esta cinta: abrió la mayor discusión filosófica de la década, casi por error: ¿qué es la realidad? Descartes lo explica con su cuento del cerebro en la cubeta, en donde sostiene que en los sueños no es posible distinguir la realidad de lo que no es real. Incluso Morfeo (el dios del sueño) es une ejemplo de esta teoría metafísica (“Neo, alguna vez has sentido que un sueño es tan real que no sabes si es un sueño”). Lo demás, como dicen, es historia.

Diez años después, una trilogía cuasi perfecta (digan lo que digan los críticos), cortometrajes en anime, cómics, libros, ensayos, documentales, páginas en Internet, videojuegos y un largo etcétera, sólo son partes ineludibles a la hora de comprender la mitología de la saga. Engranajes que se conectaban los unos a los otros y hacían referencias continuas entre sí, acrecentando el culto hacia la cinta y la crítica hacia nuestro mundo. Pregunto ¿qué otra cinta en esta década ha logrado algo similar?
Un ejercicio recomendado sería el revisitar la trilogía, incluyendo los cortos anime. Es una experiencia nueva. Detalles que se pueden pasar como las referencias a los ángeles (Seraph o “serafín”), los secuaces vampiros del Merovingio y la coherencia (después de verla 10 veces) de lo explicado por el Arquitecto, hacen de este aniversario uno digno de celebrar, de recordar y sobre todo, de analizar y reflexionar si creemos en el destino, si creemos que tenemos el control de nuestras vidas y si sabemos lo que es la realidad. Peros obre todo ¿a dónde vamos después? Esa es una decisión que debemos plantearnos. Yo, sin lugar a dudas, sí tome la pastilla roja. ¿Ustedes?

Figth Scene in Matrix:
Un cinéfilo de hueso colorado, siempre contará sus años a la par del estreno de ciertas películas. Por ejemplo, “Forrest Gump” y “Pulp Fiction” ya son clásicos quinceañeros que aún sorprenden. “Las Tortugas Ninja” pronto cumplirán 25 años de ser creadas y “Titanic” prepara su regreso a cines para su cumpleaños número 15.
Pero quizás la cinta más fresca de todas, la cual todavía sorprende por su visionado y sus efectos y se siente como si hubiera sido estrenada el verano pasado, es una que cumple sus primeros 10 años de existencia en la memoria colectiva pop y en la historia de la cinematografía mundial: “The Matrix”.

Si una palabra define a la perfección esta película, sin lugar a dudas, es “culto”. Para todos aquellos que se han preguntados alguna vez qué demonios son las cintas u obras de arte de culto, este es el mayor ejemplo. Una cinta perfecta por donde se le vea (ok, ok, con algunos problemillas de continuidad), “Matrix” dio la bienvenida al nuevo milenio y descubrió una nueva forma de hacer cine, que, desgraciadamente, pocos siguieron y muchos ignoraron.
Todavía recuerdo la primera vez que la vi –sin caer en los clichés- una tarde lluviosa, a dos días de su estreno, en los fallecidos Cinemas Lumiere de avenida San Diego. Sólo. Dos horas después de iniciada la cinta, recuerdo que caminé hasta casa de una tía, alrededor de 40 minutos con la mirada vacía. Pensando. A 10 años, ninguna otra cinta me ha dejado igual de perplejo (por no decir otra palabra). Tuve que ir al cine dos veces más para poder comprender un poco lo que mis ojos habían visto.
No sabía si eran los efectos especiales, el slow motion, el bullet time o las escenas de acción; no sabía si la música era la que retumbaba en mi cabeza, o los diálogos zumbantes de Morfeo; el dolor de estómago me decía que era su trepidante forma de filmar y el dolor de cabeza me direccionaba a lo rebuscado de su trama. Si bien estas preguntas tardaron en responderse, algo estaba claro como una pastilla azul: era la mejor cinta que había visto en muchos años y así sería durante otros tantos más. Apoteósica.

Ganadora de cuatro premios de la Academia (malditos oscares), recaudó más de 460 millones de dólares a nivel mundial y abrió el camino al cine del siglo XXI. La simbiosis entre Blockbuster, espectáculo audiovisual, narrativa vanguardista y filosofía existencialista, hizo de Matrix todo un fenómeno de ciencia ficción y traspaso las barreras culturales de lo que conocemos como moda para incrustarse en el ojo fílmico como ninguna cinta la había logrado antes, desde claro esta, “Star Wars”.
Desde la cibernética imagen del comienzo de la cinta, en donde una pantalla negra se tiñe de letras y números aparentemente sin sentido alguno, en un código que serviría como fondo de pantalla para millones de geeks y fans a nivel global; hasta su trepidante, romántico y apoteósico final, The Matrix sería el ejemplo a seguir para los cineastas del siglo que estaba por llegar.
Es difícil creer que hoy en día, alguien no haya visto esta cinta, la cual relata la experiencia de un empleado de sistemas, Thomas Anderson, mejor conocido como Neo, al descubrir gracias a Morfeo (“el sujeto más peligroso del mundo”) que el mundo en donde vivimos es un mera ilusión generada por computadora, puesta o diseñada ante nuestros ojos para ocultar la verdad. Una “verdad” apocalíptica en la que los humanos son esclavos de las máquinas, inteligencias artificiales creadas por la inteligencia del hombre, y que se rebelaron en algún momento de la historia.

Es imposible no sentir algo en la piel al escuchar en voz de un gélido Morfeo (Laurence Fishburne) que “existen campos interminables en donde los humanos no nacemos. Se nos cultiva”. Campos en donde los seres humanos sirven como energía vital de las máquinas, inmersos en una realidad virtual que los distrae de la realidad (una actualización del mito de la caverna de Platón).
¿Muy difícil? Añadan símbolos cristianos – Neo es un anagrama de “One”, el único, el elegido-, referencias a Descartes, el Apocalipsis, escritores como K. Dick e infinidad de animes y mangas, es obvio que las masas se sintieran como Anderson en la cinta: “como Alicia, cayendo por la madriguera del conejo”.
Matrix todavía era muchísimo más que esto. Fusionaba muchos guiños que nada tenían que ver con el plan original de la fábrica del espectáculo hollywoodense o con la forma tradicional de hacer cine comercial. El no va más de esta cinta: abrió la mayor discusión filosófica de la década, casi por error: ¿qué es la realidad? Descartes lo explica con su cuento del cerebro en la cubeta, en donde sostiene que en los sueños no es posible distinguir la realidad de lo que no es real. Incluso Morfeo (el dios del sueño) es une ejemplo de esta teoría metafísica (“Neo, alguna vez has sentido que un sueño es tan real que no sabes si es un sueño”). Lo demás, como dicen, es historia.

Diez años después, una trilogía cuasi perfecta (digan lo que digan los críticos), cortometrajes en anime, cómics, libros, ensayos, documentales, páginas en Internet, videojuegos y un largo etcétera, sólo son partes ineludibles a la hora de comprender la mitología de la saga. Engranajes que se conectaban los unos a los otros y hacían referencias continuas entre sí, acrecentando el culto hacia la cinta y la crítica hacia nuestro mundo. Pregunto ¿qué otra cinta en esta década ha logrado algo similar?
Un ejercicio recomendado sería el revisitar la trilogía, incluyendo los cortos anime. Es una experiencia nueva. Detalles que se pueden pasar como las referencias a los ángeles (Seraph o “serafín”), los secuaces vampiros del Merovingio y la coherencia (después de verla 10 veces) de lo explicado por el Arquitecto, hacen de este aniversario uno digno de celebrar, de recordar y sobre todo, de analizar y reflexionar si creemos en el destino, si creemos que tenemos el control de nuestras vidas y si sabemos lo que es la realidad. Peros obre todo ¿a dónde vamos después? Esa es una decisión que debemos plantearnos. Yo, sin lugar a dudas, sí tome la pastilla roja. ¿Ustedes?

Figth Scene in Matrix:
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