Quizás algunos de nuestros lectores recordarán cuando en este mismo espacio se habló de la cinta “Km. 31”, esa cinta de género netamente mexicana que versa sobre niños fantasmas, leyendas urbanas y un supuesto ambiente de miedo. Miles de pesos en promoción y realización y el ser aplaudida por algunos espectadores incautos, hizo que la cinta de Rigoberto Castañeda se volviera en un éxito rotundo de taquilla. Si bien el esfuerzo se respeta e incluso, se admira, no se trata más que de una gran tomadura de pelo.
Vamos por partes. Mucho se ha hablado de que uno de los mayores logros del cine mexicano actual es que finalmente se están forjando géneros cinematográficos en el país. Ya paso el tiempo en donde se clasificaban los gustos en cintas de acción, comedia, animadas, de horror y “mexicanas”.
Ahora nuestro cine ofrece, poco a poco, a paso lento, su propias obras de animación, comedia, terror, drama, guerra y, próximamente, ciencia ficción y fantasía. Esto nutre a la industria de un aire de frescura que si bien es perfecto en estos tiempos, debe ser tratado con sumo cuidado para que no se caiga en el ridículo o en el “ya merito”.
Como buena época de oro, el cine mexicano encontró en los años 60, 70 e inicios de los 80, la manera ideal de explotar el cine de terror. Ya fuera con cintas sicodélicas y bizarras como las de las peleas del Santo contra infinidad de monstruos; pasando por el genio de Taboada y sus geniales “Hasta el viento tiene miedo” y “Más negro que la noche”; desde el cine de autor con aroma “a la Hammer” que fueron las cinta de Juan López Moctezuma, autor de joyitas como “El alimento del miedo”, “La mansión de la locura” y la excéntrica “Alucarda, la hija de las tinieblas”; hasta los productos cutres en donde Pedrito Fernández y “Resortes” luchaban contra una muñeca de trapo en sus “Vacaciones del terror”.
Al iniciar la década de los 90, el cine de terror (y cualquier otro género que no fuera de sexy comedias o dramas existenciales) se vio relegado al olvido, la nostalgia de Galavisión y la curiosidad cinéfila, esperando pacientemente su regreso a las grandes marquesinas. Con la excepción triunfal de “Cronos”, de Del Toro, el cine de terror mexicano veía como su resurrección estaba lejana.
Poco más de una década después, con la realización de la película “Las lloronas”, en 2005, el cine de terror parecía dar indicios de vida, pero lo que fuera un interesante ejercicio fílmico (la leyenda de horror más mexicanísima de todas), terminó siendo un amargo trago para los críticos y se vio destinada a fracasar en taquilla y quedar relegada al mercado doméstico.
Gracias a esta valentía, un joven cineasta juntaba poco a poco el presupuesto necesario para que, con la ayuda de un joven reparto, unos efectos especiales decentes y un amor al cine clásico de fantasmas, se levantara un proyecto que llevaba el nombre donde se desarrollaba el meollo de la cinta: “Kilómetro 31”.
Premios y aplausos después , la cinta, estrenada en 2007, agradó a buena parte del público al explotar la fórmula del horror. Un horror al que nos tienen acostumbrados los gringos, con saltos de butaca predecibles, efectos de sonido y lugares comúnes. Si bien el filme fue bueno a secas, al erigirse con ritmo lento y narrativa torpe, era el perfecto escaño para abrir camino a futuras cintas del género.
Sin embargo, la suerte ha sido otra, una que, dolorosamente, nos muestra que, al igual que la animación, aún falta muchísimo por recorrer en el terreno de la horror-flick. Tristeza dan, de verdad, ver pseudo productos de terror como la adaptación del libro “real” de “Cañitas” (un tipo homenaje a “Vacaciones del terror” pero en malo), “J-ok ´El”, que toma de nuevo el mito de La Llorona o el remake de “Hasta el viento tiene miedo”, con un grupete de niñas mal que dan miedo más por su forma de actuar que por los fantasmas del lugar. A estas se anexan otro intentos más del giro video-home que otra cosa, llegando a los dos productos que nos exhiben en estos días: otro remake de Taboada, “El libro de piedra” y la coproducción gringa “Al límite del terror”.
Mientras que la primera, cinta de culto, se queda en un enorme “quiero pero no puedo”, la segunda retrata la frontera mexicana como un espacio ideal para los clichés, la mala leche, pésimas actuaciones y la caída al vacío del otrora hobbit Sean Aastin con un papel para llorar.
En el primer caso, en lugar de innovar, se intenta homenajear o adaptar obras pasadas para las nuevas generaciones (para prueba, Dragon Ball…mal, mal, mal) de un genio como lo fue Taboada. A 8 años de su muerte, este cineasta regresa con dos guiones de horror. Una, es la citada cinta de Julio César Estrada, este mes en cartelera, que habla de la extraña relación entre un niño y una estatua de piedra.
Sin ir muy lejos, esta cinta logra lo que sus antecesoras no: aburrir. Con uno o dos pequeños sustos, el remake de Taboada se siente pesado, pretencioso y falta de ritmo. La única innovación la encontramos en el final alternativo; cambio innecesario y que aleja a la cinta de lo que pudo ser una “aventura dominguera” solo para pasar un rato.
Ahora bien, esta horror-flick (es justo decirlo) rebasa en pretensiones (lo que la hace un poco mejor) a la segunda cinta antes nombrada, “Al límite del terror”, en donde Martha Higareda hace de Martha Higareda (buena-buena) y sirve como “ayuda” de tres chavos gringos calenturientos y con ganas de beberse todo Tijuana en un fin de semana, sin saber que un culto siniestro, adorador del diablo, les hará la vida imposible al ritmo de “Mentira”, de La Ley, al ser Beto Cuevas el mero mero chamán asesino. En el camino, Roberto Sosa hace de Roberto Sosa (loquito-droogy), hacen picadillo a Chema Yaspik y nos escondemos de ver a Damián Alcazar por caer en una cinta sin rumbo.
Lugares comúnes (los mexicanos malos y rateros, los tonos sepias, los norteamericanos turistas indefensos), lo que hace que el susto más grande de la misma sea ver que gastamos un boleto en ir a verla.
Finalmente ¿qué esperamos del cine de terror mexicano en los próximos años? Por lo pronto dos visitas más a Taboada: un guión inédito (Girón de Niebla) y un remake (“Más negro que la noche”), la segunda parte de “Cañitas” y de “Km 31”. Un poco extraño, sin lugar a dudas, es el hecho de que, si todavía ni siquiera sabemos manejar la fórmula gringa del terror (ya no hablemos de ser originales), arranquemos con los errores foráneos de caer en el terreno de los remakes, las secuelas innecesarias y el limbo narrativo.
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