Quizás muchos de ustedes recuerden o hayan oído sobre Harry Calahan, “Dirty Harry”, o en todo caso, “Harry el Sucio”. Un personaje icónico en el cine y su historia; un violento y rudo inspector del departamento de homicidios de la policía de San Francisco. El inspector Harry Calahan estuvo de servicio desde 1971 hasta 1988 con su revolver Magnum del calibre 44. Mujeriego, vengativo, bebedor, poco ortodoxo y con cara de pocos amigos, este poli extremo visitó las salas de cine 5 veces, en una saga que sigue impresionando por su nivel de intriga, violencia y muchas balaceras.
Uno pensaría inmediatamente que un personaje así le viene como anillo al dedo a Stallone, Van-Damme o Vin Diesel. Pero no es asÍ, este justiciero es más recordado por la careta que lleva de insignia; el de un actor malencarado, rudo, galán y excelente genio fílmico. Su nombre: Clint Eastwood.
La cinta original, de 1971 y dirigida por Don Siegel marco un antes y un después en la iconografía del thriller policíaco en Hollywood. Harry Callahan es apodado “el Sucio” debido a su inclinación a aceptar los trabajos más penosos y polémicos que necesitaban de sus servicios de “limpieza”. Asesinos, violadores, rateros y demás malandrines fueron su desayuno diario.
Con este antecedente, pretendo marcar la característica histriónica que siempre ha marcado a Eastwood en sus personajes: el tipo enojado con la vida (mientras más, mejor), con aires de grandeza, infinita sabiduría y dispuestos a redimirse al final de la cinta. Esta forma de interpretar, más que un cliché, es lo que hace que el genio entre en la categoría de leyenda y sea el actor el que sale a flote dejando atrás al personaje.
Me explico: analizando la vertiente de los dos tipos de histriones que existen en el mundo (los que actúan el personaje y dejan a un lado a la estrella, y viceversa), el tite Clint entra en la línea de seres incomprensiblemente exitosos, mitológicos y extraordinarios que llevan su lado actoral a las últimas consecuencias, pero siempre siendo ellos mismos. Para muestra, basta un Oscar: De Niro, Nicholson, Pacino o DiCaprio.
Y es que, para entender y apreciar su última película, “Gran Torino”, es preciso estar consientes de esta actitud para ir más allá del “está siempre enojado” o “es pan con lo mismo”.
Justo después de “Changeling2, Eastwood llega a las pantallas mundiales en menos de lo que canta un septuagenario como él. El actor, director, productor y compositor (artista y artesano como pocos) filma “Gran Torino” en menos de un mes, convirtiéndola en su segunda apuesta para la temporada de premios de este año.
La cinta narra la historia Walt Kowalski (Eastwood), un veterano de la guerra de Corea que acaba de enviudar y que básicamente tiene muy mala leche. Se lleva mal con sus hijos, odia a sus respectivas familias, y, debido a tu tonalidad racista, odia al vecindario donde vive, multirracial a más no poder, y lanza miradas de furia a sus vecinos asiáticos. Lo único que lo mueve en su vida solitario de viudo viejo militar son unas cervezas frías, su perro, limpiar su rifle M-16 cada día y su tesoro más valioso, su Gran Torino 1972.
Thao, su vecino adolescente, es forzado por una de las pandillas étnicas que controlan el barrio a intentar robar el coche de Walt. Naturalmente Thao no consigue triunfar en su cometido y, cuando la pandilla viene a reclamarle su recompensa, paradójicamente será Walt el que lo defienda. El personaje de Eastwood será obligado a afrontar sus prejuicios y la realidad de un mundo cada vez más cambiante.
La trama de Gran Torino es en realidad muy simple y apegada a los cánones de Hollywood. Walt se convierte con esta acción en una especie de vigilante y justiciero para la familia que vive a su lado, un héroe para el barrio y un ser atemorizante para los pandilleros, aunque él se resista a admitirlo. Dejando las lecturas de que Eastwood intenta retomar muchos años después un personaje similar a “Harry el sucio”, “Gran Torino” es un film sobre la amistad, la tolerancia y la incapacidad que a veces tenemos de comunicarnos con aquellos que deberían estar más cerca nuestro.

Eastwood hace un Walt Kowalski soberbio, pero también es el director y productor de un film sobre una América que crece olvidándose de su pasado y a menudo dificultando las cosas a determinados sectores de la población. Esta es el verdadero acierto de la película. Lo importante no es el quién, si no el cómo una historia tan sencilla puede trascender y llegar al público con un tratamiento mil veces manejado por la indumentaria gringa como lo es el arrepentimiento y el análisis del karma.
De la talla de un Harvey Milk (Sean Penn) o un Randy “The Ram” Robinson (Mickey Rourke), pero con menos intensidad, el Kowalski de Eastwood se antoja nostálgico y totalmente digerible sabiendo quién lo interpreta. Si fuera otro actor, joven o viejo, quizás la cinta no tendría la fuerza necesaria que la caracteriza.
Despreciado en estos Oscares (con

“Gran Torino” acaba sorprendiendo con un final inesperado y heroico a la altura del mejor cine marca Eastwood. Como dato curioso, el cineasta cierra el film con una canción compuesta e interpretada por él, con esa voz áspera y dura que lo convierten en el mejor actor para interpretar a Walt. Lo único mejor que esta cinta, sería que el público reconociera la gran labor interpretativa de Eastwood y lo viera como lo que es: uno de los mejores cineastas de nuestro tiempo. Una leyenda viviente “Do you feel lucky, Punk? Do you?”.
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