lunes, 5 de octubre de 2009

LO PEOR DE MORIRSE ES REUNIR A LA FAMILIA

Cuando todo falla en el séptimo arte, es curiosa la tendencia de ciertas cinematografías a direccionar sus historias a los temas menos tratados en su evolución, pero que sin embargo, son más normales de lo que parecen. Ahí radica el éxito de películas como Luz Silenciosa (Reygadas, 2006) sobre la comunidad menonita en México, Malos hábitos (Bross, 2007) acerca de la anorexia imperante en el país o Cochochi (Guzmán, 2006), hablada en dialecto rarámuri del noroeste de México.

En este ámbito, la muerte, los lazos de familia y la religión, son temas más que estudiados en el cine mundial, pero poco tratados en el cine nacional. Morirse está en Hebreo (2006) de Alejandro Springall, nos sumerge en estos tres puntos de la vida, con un humor irónico y ácido en un círculo de personajes judíos-mexicanos en donde no todo es lo que parece.

Nos encontramos ante una obra de innegable calidad técnica con una exhaustiva investigación sobre un tema poco conocido en la cultura dominante nacional: el proceso de duelo de los judíos ante la muerte, la shivá. Springall regresa con este largometraje que literalmente "te mete hasta la cocina" de la familia Szelewianski y la serie de eventos desafortunados que provoca la muerte de Moishe, el abuelo amante del mariachi y renegado de los rezos y las tradiciones.


Justo después del súbito fallecimiento, dan inicio los rituales de la shivá, un encierro obligado de siete días, y con ellos una catarsis que lleva a la familia y amigos a descubrir los lazos que los unen, los secretos que se han guardado y la relación que tienen con el entorno que los rodea, que nos remonta, con mucho más humor, a la extraordinaria película danesa Festen (Vinterberg, 1998).

El guionista Jorge Goldenberg, construye alrededor de la muerte de Moishe un conjunto perfecto de situaciones graciosas y muy sutiles, alejadas de la parodia ramplona o a la caricaturización, ambas ordinarias en las comedias mexicanas. Los dos hijos del patriarca judío, Ricardo (David Ostrosky) y Esther (Raquel Pankowsky) reúnen a toda la familia para cumplir los siete días de duelo que exige la tradición.

Aquí es dónde se encuentra la explosión de personajes tan disímiles entre sí: un judío comunista, un sobrino que se prepara para ser rabino, el oficiante de la ceremonia, un policía inexperto y la última amante del abuelo, entre otros, dando lugar a una comedia bien llevada, escrita y narrada. Punto aparte son los dos misteriosos viejecillos que comentan las situaciones hablando en un idish galitzianer perfecto.


Esta gama de personajes es también el punto más débil de la película, sintiendose incompleto el trabajo coral que rádica en el filme entre tantos actores, donde algunas historias se quedan a medias, perdiendo el rumbo, pero matizando con diálogos inteligentes que no dejan al espectador, quien al final de la película se sentirá como si hubiera vivído con la familia la shivá del difunto.

Morirse... toca una nueva forma de ver el cine y las costumbres que forman parte de nuestro país. Siempre nos han metido la idea de que sólo somos un pueblo metizo, y la verdad es que México se ha enriquecido, como cualquier otro país ecléctico, de las migraciones que han llegado, trayendo consigo su cultura y contribuyendo con la tolerancia y la diversidad.


El filme de Springall nos abre la puerta a conocer un rito en extremo profundo e interesante, que todos deberíamos conocer para ver que existen otras maneras de vivir un duelo de muerte. Y definitivamente, otras maneras de hacer cine. Si enamorarse está en chino, casarse está en griego y morirse está en hebreo, hacer buen cine hoy en día, quizá está en mexicano. Shalom.

Trailer:

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