
Si algo tiene el cine, sin lugar a dudas, es la oportunidad de plasmar mentalidades, razas, especies y mitos por igual a través de imágenes en movimiento. Sin hacer demasiado alarde o palabrería, como bien me comentó un buen amigo cinéfilo, esta ocasión me enfocaré en una de las especies que más apasionan a los amantes del cine y que, hoy más que nunca, están más vigentes que nunca. Los conocemos, los adoramos, los soñamos, tratamos de analizarlos y muchas veces, de ser como ellos. Pero sobre todo, nos intriga su muy particular forma de vivir, de alimentarse y más aún, de sentir y de pensar.
Seres de la noche que representan los mayores miedos y anhelos del ser humano. Imágenes perfectas e imperfectas del ente más eterno, sensual y, desgraciadamente, solitario más solitario de todos. Me refiero a la imagen del vampiro.
El séptimo arte encuentra en los seres vampíricos un cúmulo enorme de productos explotables que van desde el thriller, el drama y el erotismo, hasta el terror, la animación y la comedia. Personajes que ha n caminado por todos los géneros y todos los tratamientos inimaginables, al grado de que, en muchos casos, se demerite su misteriosa imagen y se termine representando un compendio de cómicos clichés y absurdos orígenes.
Presente desde el cine mudo con la clásica “Nosferatu” de Murnau, el mito del vampiro ha fascinado a actores y directores por igual en casi todas las nacionalidades de este planeta. Bela Lugosi, Germán Robles, Klaus Kinski, Christopher Lee, Kiefer Sutherland, David Bowie, Susan Sarandon, Eddie Murphy, Brad Pitt, Gary Oldman, Antonio Banderas y una enorme lista de intérpretes se han enfundado en el traje erótico y oscuro de este tipo de caracteres.
Wim Wenders, Ed Wood, Guillermo Del Toro, Tony Scott, Roman Polanski, Werner Herzog, Lee Demarbre y Tim Burton han tratado de plasmar en pantalla sus particulares formas de ver el mundo de la oscuridad y la sangre. Vamos, hasta El Santo, Capulina y Chabelo pelearon contra estos seres.
Pero, precisamente esta sobreexposición del mito ha devenido en productos insulsos para la familia (“El pequeño vampiro”), cintas de acción ad infinitum (“Drácula 2000”) y, sobre todo, filmes estúpidos y juveniles que extrañamente, acaban siendo fenómenos palomeros y que aniquilan cualquier dejo de dignidad, como es el caso de la reciente “Crepúsculo.”
Gracias a esta última cinta, parece que los vampiros están preparados para un segundo aire y recuperar las viejas glorias que cintas como “The Hunger”, “Lost Boys”, “Drácula”, “Cronos” e “Interview with the vampire” (de la gurú en estos lares, Anne Rice). De esta forma y alejadísima de la ñoñería romántica de “Twiligth”, llega directamente desde Suecia la obra que definitivamente respeta los lineamientos de cine para estos personajes y el misterio y misticismo que rodea a los mismos. Curiosamente, un romance. Atípico, doloroso, extraordinario romance: “Déjame entrar” (“Let the rigth one in”).
El joven director Tomas Alfredson nos entrega una historia de lo más sencilla en su narración pero intensa y complicada en su fondo, en su tratamiento. Oskar, un joven tímido y aterrorizado por unos matones (el famoso “bullying”), se hace amigo de Eli, una misteriosa vecina, cuya llegada coincide con una serie de misteriosas y sangrientas muertes.
A pesar de que el joven piensa que ella es un vampiro, intenta que su amistad esté por encima de su miedo. ¿Interesante? Esta premisa sólo sirve como punto de partida para una cinta que abraca el terror, el romance, el drama y lo mezcla con el expresionismo alemán, la cinta de reflexión y el más puro cine de arte. El romance se podría sentir muy común, si no fuera por que ambos personajes tienen 12 años.
En este aspecto, los deseos, sueños y miedos del vampiro se retratan en cada fotograma que retrata a Eli, llevando la inocencia interrumpida que engranaba al personaje de Kirsten Dunst en “Interview with the vampire” a niveles más filosóficos e introspectivos. Mientras, los deseos del ser humano común y corriente por tener una vida “diferente” y hacer frente a sus temores, nutren al pequeño Oskar para enamorarse de su extraña compañera de juego.
Probablemente, la figura del vampiro como se conoce en muchas culturas desde tiempos inmemoriales, provenga inicialmente de la necesidad de personificar uno de los arquetipos primordiales en el inconsciente colectivo (según la concepción del escritor y filósofo Carl Jung), como es lo que nosotros denominamos como “sombra”. Eso que representa los instintos o impulsos humanos ocultos más primitivos; nuestra faceta instintiva animal.
Con esto en mente, el personaje de Oskar (así como el de muchos otros protagonistas de este tipo de historias) se admira y enamora de la encarnación del mal como entidad; una representación del lado salvaje del hombre latente en su naturaleza y en conflicto permanente con las normas sociales y religiosas. Un amor atípico e imposible.
Esta reflexión, olvidada en este tipo de cintas desde hace algunos años, alcanza un cénit en extremo interesante en la obra sueca de Alfredson, sin dejar a un lado las escenas violentas, teñidas de un rojo carmesí sutil; la violencia, los sustos inesperados y el despertar de la sexualidad. ¿Cómo plasmar la inocencia en pantalla y mezclarla con la eternidad; la violencia con los juegos infantiles; las comodidades banales con las invitaciones a un mundo oscuro?
Definitivamente una de las mejores cintas vampíricas que ha ofrecido el séptimo arte desde Del Toro, Burton y Coppola. Un homenaje a las mejores cintas de este género (por que, dentro del terror, es un género en sí) y un canto fílmico a la pasión por estos seres, visto todo, desde un punto de vista muy humano (¿ironía?).
Quizás esta devoción y el perfeccionismo técnico que la engloba (música, fotografía, actuaciones, dirección y ambientación sublimes), hacen que la cinta avance un poco lento en sus dos horas de metraje. No apta para todos los públicos debido a su crudeza tanto visual como dramática, pero digerible para cualquiera que se halla preguntado alguna vez “¿qué hago en este mundo?” “¿Hay algo mejor para mí allá afuera?”
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