lunes, 5 de octubre de 2009

INTROSPECCIÓN HISTÓRICA-CINEMÁTICA


Encontrarse con la leyenda “basado en una historia real” al inicio de un filme, es muy común en las producciones cinematográficas hoy en día. Constantemente presenciamos aparentes representaciones no ficcionarias sobre la vida, historia, cultura y hábitos de un personaje histórico, una región en específico o bien, algún momento histórico en nuestra línea del tiempo.


Finalmente esto es una función primigenia del séptimo arte: ser una ventana de la realidad. Pero ¿qué tanto es real y qué tanto es ficción en la pantalla de cine? ¿Hasta dónde los hechos presentados son verídicos a los ojos y a la fidelidad histórica?


Podríamos situar a nuestro vecino del norte como el iniciador de ésta tendencia de presentar la realidad como documento histórico. Si recordamos un poco, los primeros filmes de los Lumiére eran eso: pequeños retazos de la vida diaria. Ya fueran unos trabajadores saliendo de una mina o un tren arribando a su estación, el artista encontró en el cine una variante para documentar la realidad.


En Acorazado Potemkin (URSS, 1925), Eisenstein se convierte en el precursor de la mezcla entre documental y ficción. En este clásico del cine, el cineasta ruso se propuso a relatar un fragmento de la revolución rusa, específicamente la rebelión de los trabajadores a bordo de un barco. Viajando unos años más adelante, la cineasta alemana Leni Riefenstahl provocaba al mundo y demostraba la eficiencia de la propaganda en movimiento con su magnífica obra El Triunfo de la Voluntad (ALE, 1935).



Ejemplos existen muchos: Rojo amanecer (MEX, 1989), Apocalipsis ahora (EUA, 1979), Eva Perón (ARG, 1996), Kartum (SUD-EUA, 1966), Hermano sol, hermana luna (ITA, 1973), Tora! Tora! Tora! (JAP-EUA, 1970) y un largo etc. Muchas veces la economía en taquilla se come a al calidad presentada en el filme, todos lo sabemos, pero algunas veces, muy pocas, las películas surgen con al firme idea de presentar a 24 cuadros por segundo un matiz de nuestra historia de la manera mas fidedigna posible.


Precisamente esta necesidad básica del autor cinematográfico (y de casi cualquier artista) por contar y transmitir, es la que engloba la película hispanoamericana más cara de la historia (22 millones de euros, más de cinco meses de rodaje, 10,000 extras): Alatriste (Díaz Yanes, ESP, 2006).


El origen del filme se remonta al eterno compañero del séptimo arte: la literatura. Arturo Pérez-Reverte, escritor español, después de ver que en un libro de texto de su hija sólo dedicaban página y media al Siglo de Oro español, decidió escribir las aventuras del capitán Alatriste, una serie de novelas en las que muestra la historia a través de la ficción narrativa, en un recorrido por esa época en que los versos de Quevedo inundaban las calles y los poemas de Góngora las academias. Un tiempo en que la Inquisición seguía brillando, que las pinturas de Velásquez aún no se secaban y el esplendor y decadencia de una gran nación cruzaban sus caminos en el mismo instante.



El cine histórico español, e incluso el hispanoamericano, encuentran su vocero del siglo XXI, en la adaptación que Agustín Díaz Yanes hace de los relatos de Reverte. Alatriste representa a toda España. En sus hombros carga el peso, el sufrimiento y el dolor de una nación cansada, peor también el orgullo, la lealtad y la valentía que traza con cada blandir de su espada, y lo convierte en un héroe fácil de admirar, pero difícil de copiar.


El valor de este personaje, espléndidamente interpretado por Viggo Mortensen, es el estandarte de libertad y lucha que caracterizó al pueblo español hasta después de la guerra civil. Y lo más curioso de todo, es que nadie había escuchado hablar de él.


Con ese presupuesto a sus espaldad, Alatriste no es una película de aventuras per se. Realmente es una película histórica en cuanto a ambientación, bases literarias y de contexto. Si bien los relatos de Reverte son realidades noveladas, la avidez con las que plasma las aventuras del capitán español cumplen con el objetivo artístico documental del que hablábamos anteriormente. Este valor se plasma a la perfección en la película y cumple idealmente con su cometido: revisar la historia de España, tal olvidada, tan manoseada, tan fantástica.



Así las cosas, la película es antiépica, con secuencias explosivas, intrigas palaciegas, duelos a espada y escenas de acción, pero donde la misantropía, lo histórico y lo introspectivo, tienen mucho más peso que la misma acción en sí. Si bien tiene fallas y a despertado la ira de los historiadores y literatos más puristas, lo que más trasciende de la cinta es el empeño por profundizar en la idiosincrasia hispana, que tuvo en gente como Cervantes, Quevedo o Velásquez a sus principales forjadores, artistas que también tenían la necesidad de reflejar su realidad, sus sociedad y su cultura.


Finalmente, ¿hasta dónde es aceptable mezclar ficción con realidad? La respuesta, considero, es sencilla: hasta dónde el público pueda salir de la función dialogando sobre el contexto histórico de la película y la maestría con la que danzan las imágenes en el filme. Le sirvió a la perfección a la Lista de Schindler (EUA, 1993), ayudó a concientizar a las masas con Water (India, 2005) y fue llevada a su máxima expresión con El Laberinto del Fauno (ESP-MEX, 2006).


Con fallas y virtudes, como casi todas las películas “basadas en un hecho real”, Alatriste será recordada y continuamente revisitada no sólo por el cinéfilo aguerrido, sino en las clases de historia, en los cine clubes y en las recomendaciones de fin de semana. Sólo acercándonos a las artes podremos conocer un poco de historia. Escuchando música, admirando pintura, estudiando teatro, viendo cine y sobre todo, leyendo, tendremos un conocimiento más amplio del sentido de realidad y objetividad en la línea del tiempo que nos define como humanos.


Trailer:

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