
Apuesto a que varios, al ver las imágenes de un Distrito Federal desierto, con apenas un peatón perdido y un vochito disfrutando de la falta de tráfico, alguna bolsa de plástico en el aire y las calles más limpias que de costumbre, se remitieron a las imágenes sórdidas de un Londres del nuevo milenio, vacío, abandonado, en donde un terrible virus carcomía a las personas hasta volverlos zombies hambrientos. Esta imagen surrealista que presenta Danny Boyle en su “Exterminio”, más que estar alejada de la realidad, es el perfecto ejemplo de lo que sucede en nuestro país.
Como si de un ataque nuclear próximo se tratara, la imagen de un supermercado repleto, en donde la gente aprovechaba para comprar 15 cajas de leche, 4 de cereal, 10 de frijoles y como 20 refrescos, en filas interminables y carritos de compras desbordantes, mi mente no dejaba de recordar secuencias similares de cintas como “Armaggedon”, “Impacto profundo” o “Cuando el destino nos alcance”. Y qué decir de los tapabocas, mascarillas impuestas como medida antipánico, escaseando en una sociedad que se divide creyendo que todo esto es un “compló” o que en verdad estamos cerca del Apocalipsis. Algo parecido a lo que sucede en “Muerte en Venecia” o, “Epidemia”.
Todos estos ejemplos dantescos sirven para la hipótesis que emana de esta columna en cada edición: el cine es el perfecto espejo de nuestra sociedad. Y, sobre todo, un espejo bidimensional que refleja en pantalla y fuera de ella lo que nos espera, lo que nos da miedo y lo que nosotros mismos provocamos.
Lejos de un “Omega man”, “La amenaza de Andrómeda”, “Ceguera” o “Soy leyenda”, las epidemias en el cine demuestran dos cosas (casualmente las más notables en nuestro país): el pánico colectivo que invade a la psique humana, y las consecuencias tempranas que traen bajo el brazo estas catástrofes. El primer punto queda entendido con los ejemplos antes dados, visibles y dignos del Fellini más mala leche, en los que un México paniqueado responde al llamado olvidado de la familia al no tener lugares de esparcimiento a donde ir. Como si salir de la casa fuera la salida para unirnos como sociedad.
“Se suspenden los cines hasta nuevo aviso”. Un mantra terrorífico para cualquier cinéfilo. Algo de verdad debe de estar pasando. Quizás debamos aprender a disparar un arma por si todos se convierten en vampiros sedientos de sangre o comienzan a estornudar sin perdón. Quizás debamos pasar tiempo con la familia, incluso la que casi no vemos, por si el día de mañana ya no comemos el mole que tanto gusta de la abuelita.
Quizás debemos tomar todo con humor (como, casualmente, la mayoría de mexicanos) y explotar nuestra nueva faceta de “intocables” y “peligrosos” para sacara a patadas a los gringos y extranjeros que vienen a burlarse de nuestras costumbres. O quizás, sólo quizás, no hacer nada y ver que todo, como en la vida, pasará gracias al poder del tiempo. Y quién diría que el tiempo, como en el cine, avanzaría tan rápido. En tan sólo una semana, todos podemos recobrar el sentido de nuestra rutina y asistir sin temor al cine.
“Se reabren los cines, gracias por tu apoyo”. Una tranquilidad invade al corazón de celuloide. Tranquilidad diáfana de que todo “regresa a la normalidad” y podemos volver a gastar en el videoclub y en la taquilla. Por lo menos, una vez al mes. De fono, se escuchan las risas de los Jack Sparrows mexicanos, hordas de piratas que preparan su contraataque ante una sociedad que primero los tacho pero que quizás, milagrosamente, los aceptará como artífices de entretenimiento casi gratuito en la comodidad del hogar.
Y no, por favor, no me malinterpreten. La piratería debe erradicarse por completo y no exhorto a que caigan en esta trampa de a “dos por tres” o “tres por cincuenta”. No, al contrario, el cine jamás se ha podido ver mejor que en el cine, en un DVD o en el mejor de los caso, en Blue-Ray. Pero ¿en verdad nos podemos dar el lujo de pagar sesenta pesos por persona cada vez que vayamos al cine? ¿O quizás 100 pesos nada más si nos gusta el VIP? Haciendo cuentas, de dos personas, palomitas y refresco, ¿cuántas personas pensarán dos veces antes de ir al cine y gastar casi 300 pesos por una cinta que quizás no les guste? No se ustedes, pero yo siento que muy pocas.
Pero continúo: el cine se ve mejor en el cine. Qué decir de aquellos que solían ir de a
Todo se reduce a la base de una cinta culto como lo es “Matrix”: la elección. Las personas, los cinéfilos lo pensarán dos veces ahora antes de ir al cine. Aún tienen la opción de rentar una peli (esto si no suben a 50 el precio de la renta), comprar un DVD en barata o, en el peor de los casos, recurrir a la piratería.
Pongámoslo en números: México cuenta aproximadamente con 4 mil 200 pantallas, ocupa el cuarto lugar mundial en asistencia de público a sus salas y el 10 en recaudación de ingresos en taquilla, (de acuerdo al informe 2008 de
Si a esto se le aumentan 15 pesos más (los 55 o 60 pesos que cuesta ver una película el día de hoy), vemos que la ganancia extra será de casi 3 mil millones de pesos. ¿Alguien dijo crisis? Los cinéfilos que regresaron a las salas de cine, literalmente, quedamos “apantallados” (mal chiste) por los nuevos precios en taquilla, en donde un miércoles dejará de ser tan especial a cuarenta pesos la entrada.

Trailer de Carriers (¿Influenza 2.0?):




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