lunes, 5 de octubre de 2009

EN LEGADO DE UNA LEYENDA


Para un cinéfilo de hueso colorado, siempre resulta dolorosa la muerte de algún personaje del mundo cinematográfico mundial. Más aún, si se trata de un extraordinario actor, con una gran carrera y el escasísimo apodo de “leyenda viviente”, el dolor que embarga a un filmívoro crece considerablemente.


No obstante, los medios de comunicación parecen no inmutarse ante esta situación. Todo se reduce a una simple fotonota, una nota media o a una breve informativa, dando preferencia a las frivolidades del mundillo artístico.



Por eso, es necesario homenajear a nuestros difuntos ilustres, dejar a un lado los escritos esporádicos y verdaderamente reconocer y difundir en algunas cuantas líneas, la trascendencia de los grandes, de los héroes, de las leyendas. Dejar el morbo a un lado y dignificar la imagen de un actor de verdad. Ir más allá de la anécdota y analizar qué fue lo que hizo que una persona añadiera a su nombre el apellido de estrella, leyenda o uno de los mejores actores que ha dado la historia del cine..


Muchos que lean estas palabras se preguntarán por qué tanto alboroto. Simple: el último verdadero galán, divo y catedrático de la actuación falleció el pasado 26 de septiembre a los 83 años de edad.


Nació el 26 de enero de 1925 en Ohio. En 1943 ingresa a la Marina de los Estados Unidos cumple su servicio militar entre 1943 y 1945 y regresa a la universidad a graduarse como licenciado en Ciencias Económicas, ser estrella del fútbol americano escolar y comenzar su sueño de actuar para las grandes masas.



Poseedor de un enorme talento interpretativo, se unió a la compañía de teatro la "Woodstock Player's", para después estudiar la carrera de interpretación en la Universidad de Yale y ser uno de los prestigiados alumnos del mítico Actor´s Studio, de Lee Strasberg en Nueva York, al lado de sus compañeros de clase: James Dean, Steve McQueen, Lee Remick y Robert Redford.

Dotado de una sobriedad al actuar mezclada con una pasión dramática sin igual, Paul repuntó en el séptimo arte más rápido de lo que hubiese querido. Después de varias interpretaciones en televisión, obtenía su primer papel en la cinta bíblica El cáliz de plata en 1954 de Víctor Saville; sus “padrinos” cinematográficos Virginia Mayo, Robert Wise, Sal Mineo, Billy Wilder, Joan Fontaine y Michael Curtiz, avalarían el poderío de Newman, antes de que llegará su primer gran éxito en 1958: Una gata sobre el tejado caliente, obra cumbre del Hollywood de Oro, dirigida por Richard Brooks, adaptación de la obra teatral de Tennessee Williams y que puso al actor en el "mapa" de la industria cinematográfica mundial, gracias a su impecable encarnación del atormentado hijo de un rico empresario enfermo. Cabe destacar la química perfecta que muestra en pantalla, al lado de una consagrada como Elizabeth Taylor.

Lo que vendría después, sería historia. Trabajó con Arthur Penn, Martin Ritt, su futura esposa y compañera de toda su vida, Joan Woodward, su eterno amigo Orson Welles y las bellas Angela Lansbury, Lee Remick y Joan Colins.

A estos éxitos, entre muchos otros filmes, le siguen El Dulce pájaro de juventud, Hud Harper, detective privado, La Cortina rasgada (el único film que actua bajo el mando de otra leyenda, Alfred Hitchcock), La leyenda del indomable, Butch Cassidy and the Sundance Kid, El forastero, El hombre de Mackintosh, Con el agua al cuello y Ausencia de malicia. Lo que demuestra que el joven exatleta, exmarine y exingeniero llegó a Hollywood para quedarse y deslumbrar a las masas. Así lo demuestra en una obra cumbre de la cinematografía gringa: El golpe, de George Roy Hill. Todos y cada uno de estos filmes, se encuentran en las listas mundiales de las mejores películas de toda la historia.

En 1982, ya en plena madurez actoral, posicionada como el eterno galán de las multitudes y alabado por los críticos, actores, directores y espectadores de todo el mundo, Paul sorprende, a pesar de su edad avanzada, a propios y extraños con un nuevo “aire” en la industria. Esta etapa inicia con una joyita fílmica, posiblemente su mejor película: El Veredicto, de Sydney Lumet, en la que entrega una interpretación magnífica que le valiera una nominación al Oscar.

Trabajaría con Martin Scorsese en la cinta que finalmente, le daría el Oscar de la Academia: El color del dinero. Secuela bien llevada de su cinta El Audaz, donde apadrinaba a un joven Tom Cruise en aras de seguir los pasos de su mentor.

Para las nuevas generaciones, el recuerdo más cercano de “la leyenda”, quizás sea Camino a la perdición (2002) de Sam Mendes, junto a Tom Hanks y Jude Law, su penúltima interpretación con casi 80 años de edad y demostrando a todos, de qué están hechos los verdaderos actores y las leyendas. Firmaba así, con un papel de jefe gangsteril, una brillante carrera, que años después vendría a romper el cáncer de pulmón.

Por su buen parecido, Newman pudo haber sido un importante actor de cine épico-romántico, al estilo de Errol Flynn o Clark Gable, pero buscó ser más que eso. Las palabras estrella y artista se quedan muy cortas a la hora de describirlo. Las imágenes de sus actuaciones, de su característica sonrisa y de sus hermosos ojos azules, se aglutinan de golpe en mi mente cinéfila. Su forma de seducir a bellas mujeres, jugar al billar, romperse el alma en una interpretación o disfrutar la vida al lado de Robert Redford, se juntan con la noticia de que nos ha dejado, de que se esfuma el último HOMBRE (en mayúsculas), que engendró la meca del cine.

No queda más que homenajearlo de la mejor manera posible: reviviendo sus actuaciones, llorando con sus cintas, enamorándose de su galanura y rindiéndole tributo: Recordemos a uno de los mejores histriones que el mundo haya conocido a través de una cámara. Hoy, el séptimo arte se viste de luto, y el cielo, se llena de gloria. Hasta siempre Paul.


Homenaje de TCM a Paul Newman:

No hay comentarios:

Publicar un comentario