lunes, 5 de octubre de 2009

QUÉ BELLO ES EL CINE

“Es un invento sin futuro, morirá pronto”, comentaba Auguste Lumière a su hermano Louis el 28 de diciembre de 1895 al presentar “La llegada del tren” en al primera función pública. Qué equivocados estaban los dos franceses padres del sétimo arte.


El cine, como he comentado en numerosas ocasiones, tiene la función de entretener. Así lo decidieron Meliès, Chaplin y W. Griffith, entre otros. Sirve de distracción para la cotidianeidad y como liberador del estrés. Retrata las emociones, los miedos, las dudas y las pesadillas del ser humano.


Como cada forma artística, utiliza su lenguaje para plasmar mundos diferentes, presentar personajes entrañables y tocar corazones. Este último punto, se siente distante en el nuevo milenio. Pocos filmes logran entretener y mostrar a la vez, un mensaje que mueva conciencias y apele al sentimiento, que nos haga pensar.



Las películas de Billy Wilder, la gran época de los musicales, el mismo Chaplin y divas como Ingrid Bergman, Judy Garland o Bette Davis, llenaban la pantalla con películas que no sólo mantenían al público pegados a sus asientos, sino que hacían que el mundo se viera mejor a través de una imagen en movimiento.


Qué bello es vivir (It´s a wonderful life, EUA, 1946), es una de esas películas deliciosas, repleta de valores y que nos enamoran de la pantalla de plata. Sin lugar a dudas uno de los mejores filmes de la historia mundial, pero sobre todo, una de las películas más humanas jamás filmadas.

Dirigida por el maestro Frank Capra y exquisitamente protagonizada por un joven Jimmy Stewart, la obra trasciende por su mensaje sencillo y ahora, olvidado: la importancia del darse a los demás, y la repercusión que tienen nuestros actos tanto en el cielo como en la tierra.


El filme relata- desde una óptica católica digerible-, la vida de un hombre común y corriente, George Bailey (una de las mejores actuaciones de Stewart), a través de un enorme “flashback” que nos remonta a la niñez del personaje, sus sueños incumplidos, la relación y salvación que resulta para los habitantes de Bedford Falls, su pueblo, su posterior matrimonio con Mary y la bendición de cuatro hijos que llenan sus días.



Siempre optimista y reacio a sus ideales, George parece transitar por una vida feliz y llena de privilegios, pero cargada de inseguridades y anhelos irrealizados. Desesperado por un problema de negocios, el personaje se encontrará encerrado en sentimientos negativos, dudando en suicidarse para pagar la deuda con su seguro de vida.


Ante tal situación y haciendo alarde de surrealismo, Capra presenta a Dios (en forma de lucero), quien acude en ayuda de Bailey enviándole a su ángel de la guarda para salvarle la vida. Éste le hace ver lo valiosa que ha sido su vida y el bien que ha hecho para su comunidad, por lo que le concede un privilegio enorme: qué hubiera sucedido si él no hubiera existido. Después de esto, George recupera las ganas y la alegría de vivir.


Como en la mayoría de su filmografía, pero nunca con tanta destreza, Capra alecciona sobre los valores realmente importantes para el ser, que lejos de lo económico, el poder, el prestigio o la raza, es el ayudar, el comprender, el amar y el agradecer a la vida.



Para muchos, pueda parecer aburrido un tema como el anterior, más siendo una película en blanco y negro y de los años cuarenta. Nada más alejado de la realidad. Se trata de una película deslumbrante, de calidad artística impactante, por momentos divertida y llena de ocurrencias, sincera, directa pero sobre todo humana. No por nada, tanto Stewart como Capra la consideraban la mejor de sus respectivos historiales fílmicos.


La película ubica su historia en una época que representa lo mejor del ser humano, o por lo menos, lo intentaba hacer en décadas pasadas: la Navidad. El filme compila los valores que se supone debería tener esta fecha, como la fraternidad, el amor, la generosidad y la solidaridad, apareciendo como principal el de la concepción de la vida como un don divino al que no se debe renunciar.


El común denominador que Capra quería plasmar en la pantalla a lo largo de su filmografía, era retratar el otro lado de Estados Unidos. El de los hombres y mujeres que luchan día a día dentro de un sistema dominado por la economía. Personajes universales que, en la voz de Capra, “había que decirles que ningún hombre era un fracasado.”



Con un enorme cuadro de actores de primera categoría como el mismo Stewart, la bella Donna Reed como Mary, Lionel Barrymore y Henry Travers, podríamos decir sin miedo (esto ya no se escucha hoy en día), que a la película no le sobran ni dos minutos.


Es una película, claro, de las de antes. Se hace imposible que al acabar los 130 minutos de duración, no se suelte alguna lágrima. Resulta difícil permanecer impasible ante la historia de Bailey, uno de los héroes más conmovedores que haya dado el cine.


Es una película para gente que aún cree en la inocencia, en la buena voluntad, la paz en el mundo, y la gente en general con exquisito gusto fílmico y que sobre todo, aún se diga a si misma, ¡qué bello es vivir!



Trailer:


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