lunes, 5 de octubre de 2009

EL INDISCRETO ENCANTO DEL SURREALISMO


El cine, si nos vamos a lo metafórico y analizamos su historia, es un oficio de ilucionistas con la firme idea de disfrazar con imágenes (reales o ficticias), la realidad. Griffith y Murnau lo sabían, al igual que Geoge Meliés y Fritz Lang. Spielberg y Lucas lo llevan a su máxima potencia. Y nosotros como público, lo sabemos. Nos enamoramos y entrañamos con ese efecto óptico de imágenes fijas que, en secuencia rápida, nos dan la sensación de movimiento.


Incontables historiadores y sabios han escrito páginas extensas sobre los géneros, los involucrados, las historias, la forma y la representación en nuestra vida diaria que el séptimo arte significa. Palabras, se han escrito “ad infinitum” sobre esta maravilla tecnológica de nuestra era; e interminables dolores de cabeza ha causado esa visión de la realidad que ciertos cineastas plasman en sus obras.



Realidades felices, dolorosas y por lo general crueles. Surreales. Pocos genios han sabido retratar la realidad tal cual es: sórdida. Pocos se han atrevido a enfocar con la lente lo vulgar y estúpido que el ser humano puede ser en esa utópica línea que divide al bien del mal. Pocos, o casi nadie, ha sabido provocar con ilusiones blasfemas matizadas con lo que llamamos realidad. Eruditos atrevidos, diferentes, polémicos, punzantes, soberbios e intelectuales. Humanos. Con esta descripción, pocos en el cine. Y lo mejor de todo: ellos se saben únicos.


Nacido el 22 de febrero de 1900 en Calanda (Teruel, Aragón, España) y fallecido el 29 de julio de 1983 en la Ciudad de México, Luis Buñuel Portolés fue uno de los directores de cine más importantes y originales que haya dado la historia del cine mundial.



Siempre cuestionando su existencia, a los catorce años empezaron sus dudas sobre la religión, principalmente acerca de la resurrección de la carne, el juicio final, el infierno y el diablo. Según él mismo dijo, era “católico y ateo, gracias a Dios”. Durante toda su vida, Buñuel fue un rebelde, hasta el último momento estuvo luchando contra sí mismo. Su interior le dictaba unas normas sobre la muerte, la fe y el sexo, que su conciencia no podía aceptar. Esta dualidad le marcó desde su más tierna infancia. Buñuel rompió barreras luchando a favor de la libertad. Su prueba más grande de esto se encuentra en sus cintas, publciaciones, ensayos e incluso, en su libro de memorias Mi último Suspiro (1982).



Le gustaba reflejar la visión pesimista y cruel de la vida. Así lo hizo en “Las Hurdes, tierra sin pan” y en “Los olvidados”. Sin embargo, él era pacífico y siempre estuvo obsesionado con su propia muerte. Su hermana Conchita solía recordar que de pequeña había acompañado a su hermano Luis a visitar cementerios y éste se tendía en las mesas de las autopsias.



SURREALISMO DE PANTALLA


En una noche clara, un hombre corta el ojo de una joven mientras una nube pasa delante de la luna. Ocho años después, un ciclista se accidenta en la calle. La misma joven lo socorre y lo besa. En una habitación, el ciclista acosa a la joven pero un incidente callejero los distrae. Un personaje andrógino juega con una mano cortada y es atropellado. El ciclista continua acosando a la joven. Aparece un hombre y castiga al ciclista hasta que éste le dispara. Finalmente, la joven sale al mar y se encuentra con otro hombre. En la primavera, los torsos de la joven y de su nuevo acompañante aparecen enterrados en la arena, devorados por los insectos..


17 minutos dura este relato po demás adelantado a su tiempo. Más de setenta años han transcurrido desde el estreno de “Un perro andaluz” (Un chien andalou, 1929) y la cinta aún sigue estremeciendo a quienes se acercan, por primera o por enésima vez, a las inquietantes imágenes capturadas por el ojo de Buñuel.



La cinta se siente fresca y atemporal gracias a uno de los procesos de producción más originales e irrepetibles que el séptimo arte haya engendrado alguna vez. En palabras del propio Buñuel, “Un perro andaluz nació como la confluencia de dos sueños”. Salvador Dalí lo invitó a pasar unos días en su casa y al llegar, Buñuel le platicó un sueño en donde una nube cortaba la luna, mientras un cuchillo cercenaba un ojo.


La historia es también una secuencia de moral y estética surrealista. El instinto sexual y el sentido de la muerte forman su sustancia.


Entusiasmado, Dalí le dijo que él había visto en sueños una mano llena de hormigas. La idea de hacer una película a partir de esas imágenes les pareció fascinante y en seís días tenían escrito el guión. De esta manera iniciaba la larga carrera del genial director aragonés. Su siguiente película, “La edad de oro”, suscitaría un escándalo que aún se recuerda en las calles de París.



NO HAY DESEOS INOCENTES


Obligado en las escuelas de cine, rechazado por los cinéfilos incomprendidos y pseudo cineastas del futuro, es posible que Buñuel jamás sea entendido, siempre censurado y alejado de ser aceptado.


El mismo cuenta en sus memorias que cierta ocasión, en la que se dirigía con André Bretón a casa de Eugene Ionesco, el padre del surrealismo le dijo con sutileza: “Mi querido Luis, el escándalo ya no existe”. ¿Equivocado o cínico el comentario? Sólo Buñuel lo sabría.



Un Cristo que pretendía ser el Duque de Bangis (personaje de su gran ídolo, el Marqués de Sade), violencia callejera ubicada en la Ciudad de México, la representación de la Última Cena con pordioceros, una navaja revanando un globo ocular, mujeres crucificadas y el uso de insectos, son sólo algunas herramientas que este cineasta tenía para ofrecer al mundo su desquiciada forma de ver al ser humano.



Sin pelos en la lengua, tal y como un personaje suyo de “El fantasma de la libertad” (Le fantôme de la liberté , 1974), Buñuel disparaba al azar imágenes con los cojones bien puestos para escándalo de quién le de la gana. Incomprensión histórica, mente divina, cineasta inalcanzable.


A 25 años de su muerte, la obra de este director sigue siendo inclasificable y va más allá de cualquier concepción hermética y limitada. Y es que, conocer absolutamente el cine de Buñuel, sería tanto como adentrarnos en el reino de lo irracional. Una aventura a la que hay que asistir sin equipaje ni pensamiento alguno.



'Un Chien Andaliou' de Luis Buñuel, en 2 partes:




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