
La temporada de premios comienza a inundar las noticias de espectáculos y los canales de televisión de paga. Galardones otorgados por asociaciones de críticos, gremios de actores, directores, guionistas y productores, premios europeos o reconocimientos de parte de algún tipo de Academia especializada, hacen del mes de enero y febrero, la comidilla principal de las pláticas cinéfilas y las noticias de moda.
Como en pocas ocasiones, este año, la competencia entre las nominadas a la mayoría de ceremonias se torna difícil, sorpresiva y sobre todo, justa. Varias nominaciones a joyitas como “Wall-E” o “Slumdog Millionaire”; nombramientos necesarios a histriones como Meryl Streep en “Doubt” o el afamado Heath Ledger por su actuación de The Joker en “The Dark Knigth”; y ternas reñidas en donde las sorpresas pueden estar a la vuelta de la esquina.
Una de las categorías que más suspenso carga esta temporada (y con los Oscares recién anunciados), es la de Mejor Actor. La terna que compite por la mejor actuación del año se antoja justa e impredecible. Richard Jenkins, actor de carácter y clásico fugaz en series de televisión y cientos de películas, alcanza la cúspide de su carrera con una nominación por “The Visitor”; Frank Langella, otro actor de carácter, sorprende con su interpretación de Richard Nixon en “Frost/Nixon”; Brad Pitt se alza con un personaje un tanto oscareable por su “Curious case of Benjamin Button”; pero, la verdad sea dicha, la verdadera competencia, la sorpresa, el suspenso, se encuentra entre dos actores ochenteros con carreras muy disímiles. Ellos son el resucitado y sorprendente Mickey Rourke en “The Wrestler” y el increíble, catedrático y excelso Sean Penn por su papel en “Milk”, de Gus Van Sant.
Esta ocasión, entenderemos el aspecto que hace a “Milk” un filme oscareable y, sobre todo, el personaje que interpreta Penn, alguien memorable y que sin lugar a dudas se grabará en la mente de los espectadores a nivel mundial.
Para esto, es necesario indicar que en el séptimo arte, existen dos tipos de actores. Por un lado, están los que nunca dejan de ser ellos mismos (como Al Pacino, Robert De Niro o Antonio Banderas), y cuya técnica consiste en poner cuerpo y carácter (y prestigio, estampa) al servicio de un personaje, pero permaneciendo visibles bajo la superficie. Es el tipo de actor que es más popular entre las masas, más identificable, empático y por ende, querido. De la clase que uno dice “Vamos a ver la peli de...”
Pero existe otra estirpe de actores, no tan popular, que se transforma con cada actuación, y se funden a tal punto con los personajes que interpreta que se vuelven invisibles. Vamos, el actor o la estrella se mueven a un último término y con cada papel ofrecen un matiz diferente de la humanidad del actoral. Hablamos de gente como Marlon Brando, Johnny Deep, Javier Barden y, en este caso, Sean Penn. Actores único de los que expresamos “vamos a ver una película con...”
Una vez explicada esta sencilla propuesta de diferenciación histriónica, vayamos directo a la cinta por la que nominan por cuarta ocasión a Sean Penn.
Si hay algo que destaca en “Milk” (traducida en latinoamerica con el “original” nombre de “Mi nombre es Harvey Milk”), es la actuación soberbia que hace Penn del primer político abiertamente homosexual en Estados Unidos, Harvey Milk. Esta biopic de Gus Van Sant sobre un militante gay que inició la lucha por los derechos humanos de ese colectivo en San Francisco y logró bloquear una ley (la Propuesta 6) que permitía al estado despedir a cualquier maestro homosexual, es un mero pretexto para que Penn muestre su increíble oficio al poner voz y cuerpo a un personaje clave en la contracultura política de los setenta estadounidenses. Una sinópsis que enamora a la Academia, incluso cuando esta es conservadora de hueso colorado.
El otrora enfánt-térrible de Hollywood, construye un personaje extremo lejos de los estereotipos sobre los gays y los políticos: no hay ni amaneramientos, ni clichés, ni voces agudas, discursos o frases hechas, sólo un hombre dispuesto a cambiar las cosas desde dentro con las armas de la gestión, y logra hacerlo entrañable, al grado de que la empatía que crea en el público lo hace identificable y comparte sus ideales de igualdad entre quienes ven la película.
Cada secuencia, cada plano, cada enfoque que hace la cámara maestra de Harris Savides a Penn, hace replantearse la idea y la noción de lo que un actor debe hacer en pantalla: convencer, apasionar, interpretar, funcionar, entre muchas otras cosas.
Si a esto añadimos la certera recreación histórica del naciente barrio de The Heights en San Francisco en la época de los años 60 y 70, lejos del planfeto y el homenaje, “Milk” es, además, de una cátedra de actuación individual y coral, con un equipo joven que sorprende (Emile Hirsch, James Franco, Josh Brolin, Diego Luna ); un ejemplo de un cine militante que no veíamos desde hace años, gracias, quizás a la experiencia y genio del infravalorado Gus Van Sant (“Elephant”, “Paranoid Park”); e incluso acompaña muy de cerca al “Che” de Steven Soderbergh con el retrato sutil pero directo de dos figuras claves en movimientos sociales libertarios, en el que el hombre se confunde con las ideas, y las ideas hacen transparente al hombre.
Puntos a favor para Penn, los hay, y muchos. Si sorprende en “I am Sam” o en “Mystic River”, en “Milk” se posiciona en el banco del “mejor actor de su generación”. La pregunta aquí son dos: ¿Le dará la conservadora Academia un segundo premio a un actor polémico (en un personaje polémico) como Penn? ¿O resurgirá de las cenizas fílmicas a Mickey Rourke por su depresiva y formidable actuación como Randy “The Ram” Robinson? Aquí, la verdadera noticia de la noche número 81 del Oscar.
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