
Existe una tendencia un poco bizarra en nuestro país: ver al cine mexicano como un género. Por lo general vamos al cine y el dilema de qué película veremos se sintetiza en unas cuantas frases: "¿Qué peli vemos?... la de acción, la de terror o la mexicana". Vemos nuestra producción nacional como un género más. Que extraordinario sería estar parados frente a una marquesina de cine y ver que las opciones de filmes de suspenso se resúmen en dos producciones extranjeras y una mexicana y, a su vez, escoger entre 2 comedias mexicanas y una gringa.
Pero regresemos a la tierra y dejémos las utopías a un lado. El cine mexicano es lo que es, por la calidad de sus temáticas. Su trascendencia se resume en la calidad de exportación que sus historias tienen: historias humanas, los miedos, las dudas, las pasiones, la violencia y el olvidado amor. Nuestro cine sabe plasmar la psique humana en su estado más natural, y muchas veces tan real que nos lleva a la comparación, la eterna enemiga del cine.
Comparamos la violencia (Ciudades Oscuras, Sariñana, 2002) con la corrupción (Todo el Poder, Sariñana, 1999) y no queremos ver que este es el tema del que vive el mexicano promedio cada día. Si los cineastas se empeñan en presentar desnudos, a los políticos corruptos, las malas palabras y un sin fin de imágenes explícitas, no nos debe sorprender en lo absoluto ya que es en lo que la humanidad se ha convertido con el pasar de los años. Pero ideas frescas las hay, existen, se sienten. Siendo México un semillero de talentos, la crítica política y social se puede encontrar en la más sutil de las historias, en los más inconexos personajes o en el más violento de los colores: el rojo.
Una cama manchada de rojo. Sábanas salpicadas de carmesí. Una ventana abierta. Un cuchillo. Nuestro morbo apunta a una escena de violencia y muerte. Al fin y al cabo, el color representa eso: la muerte, la sangre. Pero algo que se nos había olvidado, precisamente por la costumbre y la tendencia humana actual, es que este color, es el único color que tiene dos lecturas diferentes: la antes mencionada y la pasión, el amor. De esto trata "La última mirada", película dirigida por la mexicana Patria Arriaga: de la dualidad en el mundo, en los colores, en las personas, en los corazones.
Por un lado se encuentra Homero, un reconocido pintor español que reside en Querétaro y lee a su padre ciego poemas de escritores famosos con el mismo problema, en especial, el titulado La Nao de China. Poco a poco, Homero comienza a perder la vista, sumergiéndose en un espiral de dolor y de rechazo hacia su iminente enfermedad. Soledad absoluta. En un pueblo cercano, encontramos a Mei, adolescente hija de una prostituta, la "Uyuyui", que, al partir su madre al extranjero con un trailero, tiene que trabajar como mucama en el burdel donde trabajaba su mamá, La Nao de China. Soledad absoluta.
El cine sirve para abrir mentes y despertar conciencias, pero también sirve para mover sentimientos. Créanme, no existe mejor sensación en una película que el amor. El cine mexicano tiene mucho más para dar, y lo demuestra con sus colores, su talento y sus movimientos. Como dijera Mei en la película, refiriendome al cine mexicano: ni es una prostituta, ni uno quiere fornicar con él. Simplemente hay que admirarlo. Aunque sea por última vez.
Trailer extendido:


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