
El séptimo arte ha hablado francés desde sus inicios, cuando los hermanos Lumière revolucionaron las calles parisinas con la invención del primer cinematógrafo hace más de cien años. Con este antecedente y durante muchos años, el cine francés ha sido considerado el estandarte del cine de autor, no sólo europeo, sino mundial, gracias a corrientes artísticas como la "Nouvelle Vague" de los años 60.
Nombres como Chabrol, Rohmer o Godard brillan con luz propia dentro la memoria del celuloide, y sus obras intimistas plasman en la pantalla de plata y en el subconciente cinéfilo, las pruebas suficientes para que el cine de esta latitud, sea considerado como uno de los mejores a nivel mundial.
Ver una película, exige el mismo tratamiento y respeto que se le da a un libro o a una partitura musical, siendo necesario distanciar el verdadero arte con la basura comercial. Por ejemplo, la pasión y el carácter experimental que caracterizaron a las obras maestras de la edad de oro del cine galo, son muy difíciles de encontrar el día de hoy. Incluso, muchos experimentos recientes de Godard, o filmes intimistas como los de Bertrand Tavernier, parecen emocionalmente vacios y oscuros en comparación con los de épocas pasadas.

Parte del problema, precisamenete, procede de un cambio súbito en la exhibición de las películas a finales de los años ochenta, que no era otro, que la adopción en Francia (y en casi todo el mundo), de las políticas mercadológicas de Hollywood: alto presupuesto publicitario y la exhibición simultánea de una sola película en más de 60 salas. A
sí, no quedaba espacio para exhibir los productos nacionales, las vías de distribición se estrechaban cada vez más y la producción independiente comenzó a ser escaza. Si al monopolio fílmico de Holywood le añadimos el hecho de que en numerosos países la proyección en 35 mm se abandona progresivamente en beneficio de la digital, vemos que Francia involuciona en los aspectos técnicos, ganando la nostalgia y los recuerdos de antaño.
Poder rivalizar en taquilla con el cine americano, tal y como lo había hecho durante los 60s y en la época de la posguerra, era más que una utopía, hasta que el cambio de siglo llegó acompañado de la exitosa, colorida, expresiva, innovadora y revolucionaria cinta Amélie, dirigida por Jean-Pierre Jeunet.

Francia cerró con una cuota de mercado cercana al 42% a nivel nacional y aumentando internacionalmente. Por primera vez en mucho tiempo, el cine americano no lograba alcanzar el 50% del mercado galo y la miradas de los cinéfilos de todo el orbe, se dirigían a Europa.
Al fabuloso destino de Amélie Poulain, le siguen Le pacte des loups, Les rivières pourpres y Arthur et les Minimoys, por nombrar algunas, así como también, la pincelada creativa que ofrece cada año el Tour de cine francés. Y es que el cine francés en México sigue funcionando igual de bien.
Trailer de 'Amelié':
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