
Pocos segundos de fondo oscuro, precedente del logotipo de cierta distribuidora clásica de Hollywood, una sólo de trompeta comienza a surcar los oídos del espectador. Se trata de una letanía fúnebre, poco más que sentimental, casi desgarradora, pero impecable en su sonoridad, hasta desaparecer después del minimalista título de la cinta en bellas letras blancas, en donde una mano ascendente maneja, cual títere, el apodo de uno de los personajes más emblemáticos del séptimo arte: “Godfather”.
Acto seguido y en repetida pantalla oscura, se escucha una voz rasposa, extranjera, de acento italiano, que dicta con seguridad tres palabras que definen una forma única de identidad: “creo en América”. El primer vistazo a color que sigue al fundido negro es la imagen de un hombre de obvias raíces italianas.
La escena, un lentísimo travelling en retroceso, una tendencia recurrente a lo largo de la historia, descubre al público la sobriedad que empapela al personaje, iluminado únicamente por una pequeña luz proveniente de alguna parte del cuarto, posiblemente encima de su cabeza, haciendo que su vista quede en la penumbra. La confesión de tres palabras, es una confesión en toda la regla. O algo muy cercano a una confesión, aunque el receptor de dicho diálogo sea muy diferente a la imagen de un revendo, un amigo o alguien digamos, familiar. Sin embargo, es lo más parecido a un Dios, el mismo que obligara al pequeño suplicante a mostrar respeto si quiere pedir un favor.
Así, señores, comienza esta legendaria cinta. Un zoom interminable que no se corta con la imagen de un imponente Vitto Corleone (Marlon Brando), si no cuando Bonasera se acerca al oído de su interlocutor para susurrar el favor anhelado. Una escena crucial para entender la cinta y la saga entera, en donde ese carácter italoamericano a sobreexposición se hace presente, además de introducir (falsamente) de forma única al supuesto personaje central, un Brando decadente, acabado, pero poderoso en toda la extensión de la palabra, llenando la pantalla en cada segundo y exponiendo una fuerza histriónica que revela sólo un ápice de maestría de lo que la cinta significa a nivel global. Poesía en movimiento dicen algunos.
Artesano que engalana un libreto fílmico sublime con una puesta en escena de gran altura, arriesgada, innovando en la cuestión narrativa y en la sección técnica, con el uso de diferentes tipos de cámara, arriesgadas decisiones de montaje y un ritmo dispar que al final de las casi tres horas y media, cierra la definición de lo que forma y fondo significan. El ejemplo más cercano, justo después de la secuencia antes descrita, es el corte abrupto, en plano general, de la gran fiesta que ocurre fuera de la casa: la boda de la hija del Don.
Coppola creaba una estrategia narrativa peculiar que sentaría las bases del equilibrio entre la sobriedad, la violencia, la cotidianeidad, el drama y lo impulsivo. Pasar de forma inteligente, imperceptible pero impactante de un plano, de una escena a otra, pocas veces se había visto en cine, dotando con la misma importancia la escena pequeña a la secuencia elaborada.
Todo lo anterior, captado con una fotografía estilizada pero sobria en la que Coppola emplea una sobreexposición y un revelado forzado, creando un aspecto oscuro, terroso, hasta sucio, característico a las tres cintas que, a 37 años de su génesis, le da un aire clásico y adecuado a la historia.
Lo mismo que las acciones actor-actor con dos cámaras, una técnica compleja pero sencilla, que ayuda a explotar al máximo al extraordinario reparto formado por el propio Brando, un jovencísimo Al Pacino, James Caan, Robert Duvall, Diane Keaton, Talia Shire, entre muchos otros.
Este cúmulo de actores, guiados por un director meticuloso y con base en un guión extraordinario, hacen de la cinta una obra redonda. Quizás, el mayor legado de la trilogía entera sean precisamente sus actuaciones. Más que un buen sabor de boca y un amor entero al cine, es la actuación de Brando la que crea el legado más fuerte de la cinta. Un Brando excepcional, sin límites, desgarrador; estereotipo de estereotipos, imitador, imitado y maestro.
Una actuación que rebasaría la ficción, al ser los mafiosos reales posteriores los que se fijarían en el movimiento y forma de Don Vitto para usarlos en su día a día. Algo similar sucede con las mujeres de la familia (Shire, Keaton), símbolos de entereza y sumisión al mismo tiempo; lo intempestivo de un James Caan; lo contenido de un Duvall; pero más aún, la mirada gélida de dolor, de odio y al mismo tiempo de compasión e incluso de amor de un veinteañero Pacino.
Lo sé, quizás no se ha dicho nada nuevo de la cinta. Sólo me dejo fluir por la emoción de recordar la primera vez de mi visionado a la obra de Coppolla y encontrar las maravillas de su obra: escenarios bien logrados y un vestuario digno de reconocimiento, el guión, el uso de la luz, la música de Morricone. Sensaciones que transportan al momento de la boda interminable del inicio y que, irremediablemente, inspiran a visitar al mismísimo Diablo, o a Dios en persona, como se vea, y pedirle que mate a los violadores de una niña o ayuda para conseguir el éxito economómico. Aún sabiendo lo difícil que puede resultar no traicionar a La Familia.
Hasta aquí, no queda más que dejar la pregunta al aire y dejar que Tú contestes la misma. Una oferta que no debe rechazarse: voltea a ese amigo excéntrico que tanto elogia la historia de los Corleone, sorpréndele y hazle feliz. Revisa este documento. Pero más que por el, hazlo por ti y por el cine.
Garantiza una experiencia inolvidable que será secundada por la continuación obligatoria de esta historia existencial de mafiosos. Año y medio llevo sin verla de nuevo. Año y medio exacto que hoy cumple su revisión obligatoria por un servidor; año y medio que culmina por haber encontrado una nueva pasión, un nuevo amor (SB), más fuerte, intenso, pero casi igual de redentor que el disfrutar esta cinta una y otra vez. La respuesta a la pregunta inicial ¿cuál será?
Intro de 'The Godfather':





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