miércoles, 7 de octubre de 2009

CRÓNICA DE UNA MAGIA PERDIDA

Es por todos sabido que segundas partes nunca son buenas, sobre todo, a la hora de hablar de una película reconocida. El trabajo es mayor cuando la obra en cuestión se basa en algún otro medio, en este caso, un libro. Un libro conocido por casi todo el mundo y una historia que cobra vida en pantalla alejándose cada vez más de la cinta imaginaria de cada lector.

Mientras que segundas, terceras, cuartas, quintas y un largo etcétera de partes de una saga cinematográfica pocas veces son buenas o crean su propia identidad, existen algunas historias que o bien se tambalean por buscar la majestuosidad, por su pretensión o por simplemente perder el rumbo. Ejemplos hay muchos y son conocidos por la mayoría. Curioso el caso de aquellas cintas (escasas) en que otra volumen posterior al primero es mejor en varios aspectos. “Aliens”, “Las dos torres”, “El Padrino II” o “Harry Potter y el prisionero de Azkaban” son ejemplos de que sí existen excepciones a una regla.

Esta última cinta, o más bien, esta última saga, es el perfecto ejemplo de pretensión, imposición económica sobre la creativa y curiosamente, de las más queridas por las audiencias, por lo menos las jóvenes. Con una línea en extremo tambaleante y curva, la saga del maguito ha tenido puntos bajos, altos, excelentes, de pena ajena, pero siempre complacientes, tratando de estirar y “respetar” una historia global de lo más sencilla y carente de sustancia, que su único gran merito es y será el de acercar a los niños a la lectura.

Ante esto, mientras que la madurez debe ser característica fundamental en una historia, la narración en esta saga es lo que menos importa.

Las dos primeras cintas, al igual que sus símiles literarias, crearon una horda de fanáticos ávidos de fantasía, hechizos, pócimas, unos personajes ñoños hasta la fecha y una cachondería puberta in crescendo. Pero, ¿realmente son buenas películas?

Siguiendo la palabra de miles de “conocedores” y aceptando al realidad de las seis películas realizadas hasta el momento, una realidad más que obvia, el maguito jamás se ha visto tan bien, tan oscuro y tan bien estructurado como en su aventura con el prisionero de Azakabán. Y sin caer en el patriotismo exagerado, lo mejor que le ha pasado a la saga es Alfonso Cuarón. No hay más. Asimismo, no es ser pretencioso, pero el jugo del libro se aprecia en cada escena de la película, a pesar de tratarse del libro más flojo de la saga.

Si bien la primera cinta marco un hito en la historia del cine familiar, la segunda fue la más fiel al libro, comprobando que no siempre una fiel adaptación se ve en pantalla y que es permisible tomarse algunas libertades creativas en el proceso creativo y de realización del filme. El talón de Aquiles de esta segunda parte es precisamente su fidelidad no extrema, pero sí visible, con el escrito de J. K. Rowling, algo que a la larga, no fue bien recibido por la audiencia promedio pero sí, y a medias, por los seguidores de la saga.

Con un brinco a la cuarta y quinta parte de la vida escolar de Harry Potter, los géneros, las intensiones y las conmiseraciones se sienten saltan más en la pantalla, complaciendo al espectador y enfocando su interés exclusivo en el entretener, lo cual es admirable, pero a la vez, sin sentido. Mientras que en los sencillos libros los jóvenes magos son un poco más oscuros y con serias dudas, miedos y dolores, en las películas la diversión se sobrepone al mensaje.

Un mensaje que si bien en las primeras películas estaba claro con el guión y la puesta en escena, con las historias posteriores sólo se observa en si los actores ya están grandecitos para sus papeles principales, algunos efectos por computadora o una fotografía oscuro, como si con esa imagen tenue significara la oscuridad de los personajes. Complacencia es la palabra que cada vez marca más a esta saga, pero que, desgraciadamente, ahora, es su sexto puesto, se comienza a perder por el simple hecho de que, al final, Harry Potter es una marca y vende por que vende.

Lo que nos dirige a un filme flojo, sencillo, alejado del espíritu de la saga (magia, pociones y hechizos), con ínfima sustancia pero si con muchas hormonas en el aire. La nueva cinta de David Yates sirve como simple puente entre una cinta y otra, lo cual venía maquinándose desde la Órden del Fénix, en donde la magia se convirtió en un pastiche de trucos baratos, muy vagos y la aventura se convirtió en un forzado anécdota periodo entre diálogos noveleros. Es por esto que es difícil de comprender el por qué Yates, director de las dos últimas cintas, consideradas de ya como las más flojas y estúpidas del conjunto, será el encargado de cerrar un septeto de anécdotas queridas por muchos.

Mientras que el libro número seis es una novela interesante, redonda, enfocada en el personaje más interesante de la amplia galería creada por Rowling, Tom Riddle/Voldemort y en la que todos los elementos –misterio, terror, fantasía, emociones- fluyen con precisión exacta, es doloroso observar la destrucción de la que es víctima en pantalla. No lo dice un servidor, lo dicen miles de espectadores y seguidores de Harry Potter, además que surge a la superficie al revisar la cinta de forma escueta.

Al final, el filme y la saga en su avance, se convirtió en el cometido principal de los estudios; un subproducto para adolescentes (al más puro estilo Twiligth), asegurando el Beneplácito del sector más perezoso de las butacas de cine, degradando los alcances de este género y lo que pudo ser una de las sagas más interesantes de la historia, resultando en la saga más millonaria de la misma. Una decepción para el espectador, definitivamente, pero bueno, sólo falta ver en qué acaba todo esto en una estrategia muy inteligente de dividir la última cinta en dos películas. Obvio, por la extensión de su contenido, jamás por la taquilla. Larga vida (en el olvido) al maguito del rayo.

Trailer:



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