lunes, 5 de octubre de 2009

CUANDO LOS GENIOS SE ENCUENTRAN

Pocas veces en la historia del cine suceden encuentros memorables entre dos o más personajes, dignos de ser recordados, y sobre todo, alabados. No hablamos de tomaduras de pelo como los supuestos duelos entre De Niro y Pacino (cero y van dos) o momentos sobrevalorados como un Zach Snyder-Alan Moore; no, me refiero a verdaderas duplas que han explotado en su momento con la idea de mantener el arte, la vida, la pasión, la imaginación, en todo lo alto del firmamento que llamamos genialidad.

Ejemplos son pocos, y en momentos, extraños: Dalí y Buñuel (“Un Chien Andalou”), King-Romero (“Creepshow”), Bono-Wenders (“Million Dollar Hotel”), Jackson-Scorsese (vídeo de “Bad”), Burton-Deep (todo lo que hacen), Bjork-Von Trier (“Dancer in the Dark”), Marshall Mcluhan-Woody Allen (Annie Hall) y recientemente, Diego Armando Maradona y Emir Kusturica. Así es, estamos hablando del “Dios del futbol”, “el Pelusa”, colaborando en directo con uno de los más destacados directores y autores fílmicos de la última era, el serbio (y soberbio) Kusturica.

A decir verdad, el cine de Kusturica siempre ha sido una delicia para la pupila entrenada en cine de otras latitudes, aunque muy estilizada y con ritmo entre frenético y bergmaniano, su filmografía se deja ver por una razón que, inmediatamente, se identifica con el espectador: el tratamiento que le da a los personajes. Por lo general, gente del bajo mundo, personas destrozadas por la vida pero, irónicamente, con mucho amor y pasión hacia la misma. Es por esto mismo que el serbio escogió a Diego para relatar en un documental muy sui géneris, la pasión y el amor mismo que este ser humano le imprime a su vida.

La primera vez que fue presentado el experimento de nombre “Maradona by Kusturica” fue en el Festival de Cannes de 2008. Maradona llegaba de la mano del polémico director a una sala llena de críticos y prensa especializada, algunos espectadores, y la zozobra de ver que deparaban la hora y media de metraje. Como si se tratase de una gran estrella de Hollywood, Diego fue recibido con un aplauso extenso, a rabiar, de parte de los presentes.

La fórmula era sencilla: la fuerza y el carisma de Maradona sostienen esa misma hora y media de la forma más sencilla, en donde el futbolista repasa sus glorias, sus victorias, el fanatismo de su gente y también sus fantasmas; el peor de todos, como el lo dice, lleva el nombre de cocaína.

Pero más allá de realizar un reportaje sobre “Dios”, Kusturica se aventura a presentar a Diego de la manera más honesta posible. Con su ego inflado, sin temor a sus palabras y mentadas de madre a Bush, con sus lágrimas, sus ironías y un carisma a prueba de balas e inhaladas de polvo blanco. Incluso, de una manera dinámica e impresionante hace que un espectador neófito en el balónpie (me incluyó), termine con un muy buen sabor de boca o en el extremo, volverse parte de la Iglesia Maradoniana.

Kusturica pone voz al documental, resistiéndose a quedar en segundo plano, el cual duró dos años en realizarse debido a los altibajos físicos y emocionales del jugador. El serbio bromeó sobre su egocéntrica presencia en pantalla señalando que era una forma de rellenar los huecos cuando el jugador estaba “indispuesto”. Un arma de dos filos, efectivamente, pero que demuestra la maestría de Kusturica en cuando a implementar en el ojo del espectador una imagen o un sentimiento de emoción, con el uso de una narración poderosa con referencias varias a su filmografía y la cultura pop, o la repetición constante del Gol del Siglo en contra de Inglaterra y con el “God save the Queen” de los Sex Pistols como fondo musical.

El documental contiene un discurso político de primer orden en donde se ve a el “Pelusa” compartiendo micrófono con Hugo Chávez, Evo Morales y Fidel Castro; se le ve acusando de “asesino sin escrúpulos” a Bush; crítica a Pelé (“no tiene dignidad para hablar”); se identifica con De Niro y su “Raging Bull”; y habla de su amor platónico hacia Julia Roberts.

“Emir me dio ese respeto que todo ser humano necesita” indicó en su momento Diego, calificando a la obra de Kusturica como “El” documental de su vida, la mejor forma de conocer a “la mano de Dios” y una película hecha con corazón y libertad, la cual rebasará fronteras. Y no está alejado de la realidad.

El filme del serbio es más que soberbio, como se ha dicho. Es una obra dedicada a un personaje que sorprende desde que comienza a hablar o incluso, desde que uno observa detenidamente la pasión y atención que el mundo dedica a Diego.

Un personaje que cuenta con su propia religión, donde se oficia bodas y bautizos bajo el manto de la Iglesis Maradoniana. Un semi-Dios en varias partes del planeta que solo se asemeja en fama con personajes como Michael Jackson, García Márquez o el Dalai Lama. Un ser humano criticado y señalado hasta el hastío, al grado de la ridiculez y la pena ajena. Un soñador que sólo tiene como último motor en su vida a su familia, pero sobre todo al balón. Un pensador que sabe de sus errores y carga con una culpa enorme en sus espaldas, muy alejada de su exagerado sobrenombre de “la mano de Dios”. Un hombre como pocos. Y Emir lo sabe a la perfección.

“Maradona by Kusturica” es mucho más que futbol, política, drogas y rock and roll (música que ama el realizador y que suena en todo el metraje, con todo y Manu Chao en vivo y cantándole a su ídolo). Es una historia de redención, de culpa, de análisis meticuloso de la mente y los sueños humanos. “¿Sabés qué jugador podría haber sido de no haber tomado cocaína?” pregunta Diego, “me queda el mal sabor de boca el no saber qué hubiera sido (mejor padre y futbolista)”. Definitivamente, una culpa que los aficionados del futbol también cargan a sus espaldas. Aceptar eso con dignidad, muy pocos hombres, los demás, son pedazos.


Trailer +Plus Maradonna singing 'La Mano de Dios':




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