lunes, 5 de octubre de 2009

BRUTALMENTE GENIAL

Todo el mundo miente. Una realidad palpable que, sin embargo, ningún ser vivo entiende o lleva acabo para no salir defraudado, lastimado o afectado en algún momento. Es una verdad que duele, que nos sigue y que es latente, pero que estúpidamente todos engloban con un marco de confianza pensando que la gente, al final, no es mentirosa. “Todo el mundo miente”. Esta es la filosofía más sencilla y a la vez más dura de los últimos años; una filosofía ácida y que sirve como punto de partida para que un cojo hijo de perra, sarcástico e irónico hasta la nausea nos tenga pegados al televisor conquistándonos con, precisamente, ese sarcasmo, frialdad e ironía que nosotros jamás tendríamos.

Obviamente me refiero al Doctor Gregory House, sincero hasta la médula, pero un sincero mala leche que, dentro de su torcida forma de ver al mundo, antisocial irredento y odioso la mayoría del tiempo, siempre carga en sus hombros con verdades que calan los huesos. El primer episodio de la serie constata esta fatalidad del mundo real, en palabras de Greg: “los médicos no tratan pacientes, sino las enfermedades. Los pacientes son un obstáculo: mienten siempre y nos hacen más difícil nuestro trabajo”.

En resumidas cuentas, es la ambivalencia de la pesadilla que todo paciente acostumbrado a médicos tiernos, educados y comprensivos esperaría y el antihéroe que cae como una patada a la entrepierna pero que al final, el podidamente bueno, al grado de ser el único que podría salvar tu vida. Obsesivo a más no poder, House es un “bastardo” (como lo definen varios críticos) sin escrúpulos cuyo único interés en la vida sólo aflora cuando algún caso médico tiene un alto grado de dificultad, lo que le resulta en un rompecabezas detectivesco y un obstáculo a vencer para su propio intelecto y ego.

Su quehacer habitual le aburre, sus colegas de trabajo sufren de sus humillaciones y casi siempre lo terminan evitando y hasta odiando, es un adicto al Vicodin y, peor aún, su interior es un pozo frío y sin hondo en el cual da miedo introducirse. Y sí, es un excelente médico. El mejor de los seriales sobre hospitales en la historia de la televisión, quizás, por ser “brutalmente honesto”. Se salta los procedimientos normales, la ética la tira a la basura y pone casi siempre en riesgo la vida de los pacientes con tal de encontrar la solución al caso, a la extraña enfermedad.

Antes tan despreciable persona, uno se preguntará quizás, ¿por qué amamos tanto a House? Esta serie, a diferencia de muchas otras que conmueven y se enfrascan en la nueva “Etapa de Oro” de la televisión norteamericana no devela el hilo negro, al contrario, tiene un rasgo inequívoco de sorpresa, su estructura narrativa es repetitiva, la mayoría de las veces simple y por esto mismo, resulta transgresora de acuerdo a los cánones que dicta la televisión gringa.

La fórmula es sencilla: un paciente tiene un ataque de algo que lo poner al borde de la muerte, House y su equipo enfrentan la enfermedad, realizan diagnósticos y pruebas que casi siempre son erróneos, pero que abren el camino para que, en la recta final, House tenga una epifanía que le diga como curar al molesto paciente. Así de sencillo, episodio tras episodio, ha sido el esquemático modus operandi de la serie.

Pero mientras otros programas aburrirían con este ritmo y forma, House logra conectarse con el espectador por su guión, su misma narrativa repetitiva y sobre todo, la lección de vida que deja al final de cada uno de los casi 50 minutos que dura cada episodio. Infidelidad, violaciones, paternidad, soledad, suicidio, amor, desamor, estupidez, milagros, y un sin número de plataformas sirven para sacar lo más cruel de House, la bruta verdad y enseñarle a la audiencia una lección de vida nada alejada a la realidad, traducida quizás, en ser sinceros con uno mismo. No hay más.

Recordando a Eco o a Sherlock Holmes, Gregory es ese erudito del que cada semana aprende uno algo nuevo, y a la vez, repudia al imaginarse qué haríamos si nos tocara un día un doctor de esta naturaleza en una terapia de rutina, ya no hablemos de un caso de apéndice u otra enfermedad. Reír no se acepta, de seguro, trataríamos de romperle la crispa aunque cojeara de una pierna; después de nuestros encuentro ficticio con este ser, la sensación que dentro de las humillaciones que salían de su boca, el cuate tiene razón, sería enorme.

Un punto más para Hugh Laurie, quien interpreta de forma sublime a House. Quizás sea su personalidad o la idea de que puede con todo, lo que hace que sus colegas (y la audiencia mundial) lo adore. Peor House no es un redentor y mucho menos un Neo con bata blanca (que ni usa) y que salvará a quien se le ponga enfrente.


House tiene algo, sabe algo que no quiere decir pero que todos sabemos ¿De dónde viene su lenguaje? ¿Cómo aplica el método científico de esa forma tan ruda? ¿De su experiencia visionaria con las drogas? ¿O de su experiencia de vida; quizás de una antigua vida? Probablemente nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que House no se rompe nunca. Sólo y siempre es fiel a sí mismo.

Aún en los momentos más difíciles, de mayor desasosiego, de tentaciones o de atisbos de humanidad, el hombre se mantiene estoico, con su autoestima alta y sigue adelante, en lugar de sufrir en el camino. Por que para él, más que nadie más, lo único que merece la pena en esta vida es esforzarse (nos) a ser mejore (s) persona (s). Si bien lo que da sentido al ser humano no es el trabajo pro mejor hecho que esté, House (el personaje), curiosa e inesperadamente, transmite confianza y seguridad para seguir viviendo y hacer de la incertidumbre humana un juego de niños para ser y vivir mejores, en lugar de quedarnos a medio camino.

Una lección de vida que en efecto duele, arde, y que se debería llevar acabo como modus vivendi. En definitiva, un cuate que nos vuelve mas inteligentes, agudos, profundos y sobretodo, cuidadosos y respetuosos con la extraña y dolorosa naturaleza humana.


Promo Trailer de la Temporada 6 de 'House M.D.':


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